Archivo de Abril de 2006

Buenos Aires - Tokio

Comienza la aventura

Creo que fue en el periódico de la colectividad japonesa en la Argentina en donde vi el aviso solicitando personal para trabajar en Japón. En seguida le pregunté a mi hermano si estaba dispuesto a acompañarme, no lo dudó un instante y me respondió en forma afirmativa. A partir de ese momento comenzamos los preparativos para embarcarnos en la aventura que significaba dejar el país natal para probar suerte en la tierra de nuestros ancestros.

Fuimos a la oficina del contratista en donde recibimos la información necesaria. Las condiciones eran casi perfectas, ellos se encargaban de financiarnos el pasaje de ida y vuelta, nos proveían de alojamiento y comida, se encargaban del transporte a la fábrica y del visado correspondiente. Pasaron muchos años desde aquellos días pero recuerdo que salimos muy contentos con esta posibilidad que la vida nos estaba dando.

Como teníamos todo servido en bandeja, no era necesario mucho dinero para emprender el viaje. Y ese fue el motivo por el cual pudimos partir de inmediato, ya que no contábamos con fondos suficientes para hacerlo por nuestra cuenta. De todas maneras no podíamos partir con los bolsillos vacíos, así que para hacerme de algunos dólares vendí todo lo que tenía, hasta mi querida Commodore 64.

En julio de 1989 partimos del aeropuerto de Ezeiza. Éramos un grupo de cinco personas, todos con la misma incertidumbre y bastante nerviosos por la experiencia. De más está decir que no nos separamos un instante hasta que llegamos a destino, no por un sentimiento fraternal, sino por la angustia de estar viajando a lo desconocido.

Después de hacer escala en Chile, Brasil, y Canadá (Vancouver-Toronto) llegamos al aeropuerto de Narita (Tokio). Fueron más de treinta horas de vuelo, aunque la ansiedad pudo más que el cansancio.

En las ventanillas de inmigración comenzaron los problemas. Pasé a cumplir con el trámite y me quedé esperando a mi hermano, como se estaba demorando volví a ver que pasaba. Cuando me acerqué escuché al empleado que lo estaba ametrallando a preguntas, pasamos unos cuantos minutos interminables hasta que por fin le selló el pasaporte y la sangre volvió a circular por nuestros cuerpos.

Luego, el paso obligado por la aduana. Lo primero que me preguntó el empleado es si portaba algo de lo que estaba dibujado en un cartel que me mostró, en donde entre otros objetos figuraban: un puñal y un revólver. Parecía broma, obviamente le dije que no. Me dieron ganas de responder: “Mire, salvo un par de granadas de mano…”

A uno de mis compañeros le revisaron todo el equipaje. En determinado momento, el funcionario sacó de su valija un paquete, a su entender, sospechoso. Luego de desenrollar metros de papel de diario dio con el contenido: una grasienta y pestilente tira de salamines, miró con asco el embutido y lo decomisó como correspondía.

Siguiendo con la pesquisa, lo obligó a quitarse los zapatos, observó por un momento y creo que por el olor nauseabundo que emanaba de sus pies dio por concluido el trámite en ese momento.

Como todo estaba perfectamente señalizado pude dar con el baño rápidamente. El único inconveniente se presentó cuando quise lavarme las manos, los grifos no tenían mando alguno. Después de observar detenidamente el artefacto y hasta ver si en el piso había algún control para hacerlo funcionar, acerco casualmente mi mano al endemoniado aparato con lo cual el agua comenzó a salir… obviamente era demasiado avanzado para un ciudadano del tercer mundo como yo.

Todavía teníamos que encontrar a nuestro contacto japonés que supuestamente, como nos informaron en Buenos Aires, estaría esperándonos sosteniendo un cartel con el nombre de la empresa. No veíamos a esta persona por ningún lugar y ya quedaba poca gente esperando.

Cuando comenzábamos a desesperarnos se acerca un individuo con aspecto de delincuente, nos pregunta si éramos las personas que comenzó a nombrar y se identifica como nuestro contacto. Así concluyó parte de esta odisea, que es solo el comienzo de la pesadilla que nos tocaría vivir, como inmigrantes económicos en la Tierra del Sol Naciente.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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[Otros relatos]

Policías de Japón

Hay casos protagonizados por policías de este país que no se pueden creer, no hace mucho vi por televisión una noticia que parecía parte de una película cómica.

El policía en cuestión sacó su arma para persuadir al agresor a que suelte el cuchillo con el cual lo estaba amenazando, ante la negativa de éste, efectuó un disparo de advertencia al piso, cerca de los pies del sujeto, con tanta mala suerte que la bala rebotó y dio contra su compañero, otro policía que actuaba como respaldo. Afortunadamente no fue grave la herida.

Cuesta creer que estos hechos sucedan en Japón. Con lo organizadas que son las instituciones siempre esperamos el mejor desempeño por parte de sus funcionarios. Si bien todos podemos cometer errores, alguien que porta un arma de fuego no puede equivocarse de esta manera, la actitud negligente del policía pudo haber provocado una tragedia.

Va a ser difícil conseguirle otro compañero, con semejante antecedente dudo que alguien quiera salir a trabajar con él. Bueno, veamos lo positivo: en otro país, al agresor, le hubiesen bordado el cuerpo con plomo.

Otro caso que recuerdo fue el de un policía que no pudo impedir que dos delincuentes latinos desarmados le robaran su arma reglamentaria. Lo curioso es que el policía llegó a efectuar un disparo al aire como advertencia. Al parecer no fue muy convincente. En este momento debe estar dirigiendo el tránsito o enterrado en alguna oficina rodeado de papeles.

Antes de llamar a la policía en Japón hay que pensarlo dos veces, puede que el remedio sea peor que la enfermedad.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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Sociedad de castas

Hoy pude ver parte de un programa de televisión en donde se debatió el tema de las mujeres que renuncian a la maternidad.

Según opiniones, adoptan esta decisión para mantener su independencia y poder seguir con sus carreras profesionales. Otro de los motivos es el económico, el costo de educar a un hijo en Japón es de aproximadamente 20 millones de yenes, algo así como 170.000 dólares estadounidenses. Suma nada accesible para la clase media japonesa en la actualidad.

Es obvio que la igualdad de oportunidades no existe en Japón. Si los nativos están condenados a la inmovilidad social, que nos queda a los extranjeros que somos el furgón de cola de esta sociedad. La colonia latina en su mayoría forma parte de la casta de los trabajadores manuales y esta realidad es difícil que cambie ya que aparte de luchar contra nuestras limitaciones también chocamos con el infranqueable muro de la organización social de esta nación que excluye, inclusive, a su propia gente.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com


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