Archivo de Abril de 2006

Hermoso sueño

Por fortuna, en Japón, soñar no cuesta nada 

Hoy me desperté una hora antes de lo habitual, dormía profundamente hasta que un extraño sueño me hizo abrir los ojos. Por un momento no supe si estaba en Japón o en mi país, la nostalgia me volvió a atacar como otras veces.

Hermosa pesadilla, fue como ver una película en cámara rápida, los cuadros me mostraron rostros y situaciones de otras épocas. Viejas amistades con las cuales perdí todo contacto y quizá nunca más vuelva a ver. Momentos importantes, llenos de sentimientos y sensaciones, que al recordarlos me colmaron de melancolía. Como me gustaría vivirlos nuevamente, en el mismo lugar, con las mismas personas, y en esos gloriosos años.

Mientras disfrutaba de estos gratos recuerdos, comencé a escuchar los sonidos de este barrio que se ponía en movimiento como todas las mañanas. La luz del sol penetró por mi ventana anunciándome que ya era hora de prepararse para ir a trabajar. Y así, dándome contra la dura realidad, dejé las ilusiones a un lado para salir a ganarme el pan…perdón, el arroz de cada día.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

Toyo y la guerra en Okinawa

Corría el año 1945 cuando el ejercito estadounidense decidió lanzar sus fuerzas sobre la isla de Okinawa, por mar, aire y tierra. Los combates se sucedían uno tras otro en numerosos frentes dando lugar a lo que según los historiadores, fue uno de los episodios más cruentos de la segunda guerra mundial, y que convirtió a esta paradisíaca región en inesperado infierno.

Y en este escenario transcurren los días de Toyo, en aquel entonces apenas una niña. A pesar de los años que han pasado ella recuerda, o no puede olvidar, todo lo que le tocó vivir, como testigo de este pedazo de historia que seguramente y muy en el fondo, quisiera enterrar en el pasado.

Solo ella conoce la angustia de ese tiempo, que en parte me transmite apelando a su memoria: “Salíamos en plena oscuridad amarrados con una cuerda para mantenernos juntos, y arrastrándonos, escarbábamos con las manos buscando bajo tierra algún bulbo que sirviera de alimento.”

Soportar el bombardeo aéreo era parte de la rutina diaria, así como escuchar las sirenas de alarma y correr a los improvisados refugios cavados en el suelo: “Durante uno de los frecuentes ataques una de las bombas cayó muy cerca nuestro. Sentimos la violenta explosión y parte del techo cayó sobre nuestras cabezas. Al salir, vimos el enorme cráter y el arbol junto al refugio partido al medio.”

Con el ejército invasor ocupando el territorio, la situación siguió siendo dificil para el pueblo, que ignoraba por completo cual sería su destino a partir de ese momento: “Era la primera vez que veíamos personas de tez blanca y ojos claros, esto nos atemorizó mucho. Cuando nos trasladaban en camiones pensábamos que nos iban a matar a todos, y cuando los soldados nos ofrecían chocolates no queríamos comerlos por temor a que estuviesen envenenados.”

La cifra oficial de víctimas en la ofensiva contra Okinawa ronda las 240.000 personas, aunque todavia se siguen sumando, ya que hay miles de personas desaparecidas. Entre ellas, las que decidieron suicidarse a sufrir la humillación de la derrota y ocupación: “Los estudiantes saltaban desde los acantilados con sus maestros, otros se reunían en cuevas y abrazados hacían detonar una granada de mano.”

Si bien la guerra dejó su manto de dolor en la población, la realidad de los campesinos pobres fue dura desde mucho antes: “Los terratenientes, nuestros patrones, nos trataban en forma inhumana. Comíamos lo que ellos tiraban, sus cerdos estaban mejor alimentados ya que recibían la sobra de sus comidas. Y el arroz solo podíamos comerlo en ocasiones especiales. Mi única golosina era una batata hervida.”

Toyo, esta inocente niña, nunca imaginó que sus hijos iban a nacer en Sudamérica, y mucho menos que uno de ellos, estando en Japón, contaría algún día esta pequeña historia.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

(Publicado en Wakaranai, revista mensual de distribución gratuita dirigida a la colonia hispanohablante de Japón).

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Soledad en japón

Historias 

Basta dirigir la mirada hacia cualquier casa de nuestro vecindario para dar con alguna historia que contar.

A solo dos puertas de donde vivo, en un viejo apartamento, vive un anciano, solo y cargando la cruz de tener a su esposa hospitalizada. Caminando con mucha dificultad por su precaria salud, se las arregla como puede para ir al hospital y hacerle compañía a su mujer.

Siempre que paso por su puerta, veo los periódicos que al juntarse terminan atados a la puerta en una bolsa plástica esperando ser leídos algún día, en el piso, las bolsas de basura, que los vecinos le llevamos ya que no podría hacerlo solo. Hay períodos en que directamente no se lo ve, y no sabemos si está en el hospital o recluido en su casa sin ganas de salir, sin ganas de nada.

La realidad puertas adentro en este país es en muchos casos desoladora, y estoy hablando de los japoneses, ciudadanos del primer mundo y habitantes de un país que es potencia económica.

Puedo entender que el estado los haya dejado sin asistencia; que el sistema de jubilaciones este colapsado por el envejecimiento de la población; que esto sea un “problema” para la nación, cuando “problema” es solo el eufemismo de “estorbo”; hasta puedo entender no sin masticar bronca, que la sociedad esté de acuerdo con esto. Lo que no entiendo y nunca podré, es que en muchos casos sean abandonados por sus propias familias.

En la vivienda contigua vive un hombre joven con sus dos hijos, una niña de 12 años y su pequeño hermano de cuatro, ambos de diferente madre, y ambas madres, ausentes. Mientras la abuela estuvo, todo marchaba como en cualquier familia. Las cosas se complicaron cuando a raíz de una discusión, la abuela tuvo que marcharse. Como el padre tenía que salir a trabajar, la niña dejó de asistir a la escuela para cuidar a su hermano. En varias oportunidades escuché la voz del director, parado frente a la puerta de la casa, trataba de comunicarse con el padre que no daba señales de vida para evitar el encuentro.

Durante esos días estábamos preocupados por los niños que se quedaban solos durante todo el día. En una ocasión mi esposa tuvo que entrar a su casa ante el llamado de la niña por un problema en la instalación eléctrica.

No recuerdo si fue al día siguiente de este episodio que la niña deja en la puerta de mi casa una caja envuelta en bonito papel, atada con una cinta de vivos colores, junto a una nota que decía: “Estas son galletas que hice con mis manos, que las disfruten”. Abrimos la caja, mi esposa probó una galleta y en seguida le pregunté por el sabor, a lo que ella me respondió: “Saben al cariño con que las preparó”.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

(Publicado en Wakaranai, revista mensual de distribución gratuita dirigida a la colonia hispanohablante de Japón).

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