Turismo sexual
A los tres meses que llegué, la empresa contratista decide agasajarnos con una excursión a un popular centro turístico cuyo nombre he olvidado por completo. Salimos en dos autobuses, uno para los empleados japoneses y otro para nosotros, los extranjeros. Durante el trayecto la azafata trató de deleitarnos con sus canciones, haciendo lo posible por afinar y mantener el equilibrio al mismo tiempo. Cosa nada fácil con el autobús transitando camino montañoso. A pesar de su simpatía y buena voluntad, fue una experiencia realmente insufrible.
En una de las paradas pudimos visitar un acuario, a la salida algunos compraron bebidas y alimentos para consumir durante el viaje. Uno de los muchachos subió al autobús con un enorme Hot dog con una cantidad generosa de una salsa que él confundió con mostaza, en realidad el aderezo era “karashi”, de color similar a la mostaza pero picante como el “wasabi”.
Con el primer mordisco desapareció la mitad del Hot dog, estaba muerto de hambre y tragó casi sin masticar. Jamás pensé que el color del rostro podía cambiar en forma tan repentina, no dijo nada, solo buscó desesperadamente algo para beber. Tomó una lata de gaseosa que yo había dejado en el piso y bebió su contenido. Ni tiempo me dio para avisarle que la estaba usando de cenicero. Al rato escupió una de las colillas en medio de un mar de carcajadas.
En el hotel fuimos recibidos como si de personas importantes se tratara: alfombra roja, todo el personal formando una hilera desde la puerta del autobús hasta la entrada; que se inclinaban a nuestro paso para saludar, como es habitual en estas tierras.
A la hora de la cena nos reunimos todos en un inmenso salón. Como paso previo a la comilona se presentó un grupo de mujeres jóvenes ataviadas con el tradicional vestido japonés, ellas se encargaron de servirnos la bebida y hacernos compañía durante la velada. Lo inesperado sucedió cuando comenzó el espectáculo.
Bajó la intensidad de las luces, se abrió el telón y apareció una dama que por su aspecto ya había pasado los cuarenta años. Se quitó la ropa quedando completamente desnuda y comenzó a mostrar sus habilidades, tomó de entre sus herramientas de trabajo una prótesis masculina y se la introdujo. Luego invitó al público a que se acerque al escenario para que la asistieran en la faena, cosa que algunos hicieron manipulando la prótesis por ella.
En el siguiente acto, esta misma dama, tomó un huevo (de gallina) al que lubricó con su lengua y guardó por un momento en su vagina. Pidió un voluntario entre el público a quien le hizo sostener una pequeña cesta, luego tomó cierta distancia y con un movimiento acrobático despidió el huevo que fue a dar justo en el interior de la cesta. Demostrando con esto, el control absoluto que tenía sobre sus genitales.
Para el siguiente número salió a escena una joven de unos treinta años, se quitó la bata lentamente al tiempo que ejecutó una sensual danza que anticipaba algo de mejor gusto que lo visto anteriormente. Pero no fue así, esta vez la artista mostró el poder de tracción que poseía en sus músculos vaginales. Para eso “mordió” con sus partes íntimas un cabo en el cual había un cordel amarrado, el otro extremo del cordel estaba atado a un carrito. La prueba consistía en tirar del carrito cargado con diversos objetos, y así se paseó por todo el escenario convertida en un verdadero vehículo con tracción a… sangre.
Años después, al comentar esta anécdota con otra gente, escuché testimonios de personas que habían presenciado un espectáculo similar. Así me enteré de otras habilidades que poseen estas profesionales del sexo: fumar por vía vaginal, y disparar una banana a varios metros de distancia. Entre otras especialidades dentro de este peculiar mundo del espectáculo sexual.
Al llegar la noche algunos salieron desesperados a buscar compañía femenina con quien calmar un poco la ansiedad, uno de ellos llega a nuestro cuarto quejándose por su frustrada intención de consumir en el mercado sexual japonés. Era un señor de más de cincuenta años que no pudo cerrar trato por los altos honorarios de la profesional, según sus dichos debía abonar 40.000 yenes. La cual es una suma usual si la que presta el servicio es una mujer joven y atractiva, más teniendo en cuenta la edad del cliente.
No recuerdo exactamente que hicimos al día siguiente, creo que sin más trámite emprendimos el regreso. Así terminó mi paso por uno de los tantos centros de placer que hay en estas islas, experiencia que me será difícil olvidar, especialmente por su singular fauna artística.
Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com
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Creer que todas las sonrisas y amabilidad que recibimos en diferentes tiendas y lugares públicos que visitamos, parten del corazón de quien prodiga, es como mínimo, pecar de ingenuos.