Archivo de Mayo de 2006

Xenofobia en Japón

Ni los extranjeros…

Creo que eran las tres de la tarde cuando desde mi lugar de trabajo vi al gerente general de la fábrica junto a un empleado tratando de abrir una vieja máquina expendedora de cigarrillos que se encuentra en la zona de descanso. Esta máquina está en desuso desde hace cuatro años, al parecer, la empresa que renta estos aparatos la dejó abandonada. Después de forcejear por un buen rato y con la ayuda de un taladro, lograron su cometido. Inspeccionaron su interior y procedieron a retirar los paquetes de cigarrillos que habían quedado.

A la hora de salida el gerente ofrece la mercancía a los empleados japoneses, que comienzan a discutir si los cigarrillos estaban o no aptos para el consumo. Mientras ellos seguían deliberando, nosotros, los sudamericanos, marcamos tarjeta y nos retiramos.

Al otro día, uno de los empleados japoneses, viene hasta nuestra mesa con la bendita lata que contenía los paquetes de cigarrillos vencidos. Obviamente, los dejamos a un costado sin tocar el contenido. Cuando los empleados japoneses vieron que no los íbamos a consumir, uno de ellos dice: “Ni los extranjeros los quieren fumar!”.

La persona que hizo el desafortunado comentario es uno de los empleados más viejos de la empresa, lo consideramos un tipo ignorante y un poco xenófobo, aunque no es el único con estas características.

El jefe del grupo, al darse cuenta de la situación y sentir, supongo, vergüenza ajena, agarró los cigarrillos y los tiró al tacho de basura. Afortunadamente hay gente respetuosa que contribuye a mantener las buenas relaciones, como contrapeso de los cavernícolas que no pueden resistir la insana tentación de patear el gallinero.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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Los números de Toyota

Cifras siderales

Uno de los titulares del diario Yomiuri del día 11 da cuenta de los resultados del último ejercicio fiscal de la empresa automotriz Toyota. Con 8.252.000 unidades vendidas recaudó: 21.369.000.000.000 yenes.

Para tener una idea un poco más cercana de lo que significa esta cantidad de dinero se me ocurrió hacer algunas comparaciones. Si repartimos el monto entre los 127.000.000 de habitantes que tiene Japón, cada uno recibiría 168.000 yenes (unos 1500 dólares).

Ahora, si quisiera ganarme esa suma trabajando, con mi actual empleo, tendría que hacerlo durante 8.903.750 años. Bueno, si hago horas extra demoraría un poco menos.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

Trabajar en Japón, pelar atunes congelados

Nada me habían dicho en Buenos Aires sobre procesar atunes congelados, pero ese fue el trabajo que realicé durante mis primeros meses en Japón. Apenas entré a la fábrica recibí mi uniforme: pantalón y chaqueta blanca, delantal plástico del mismo color y botas de goma. Las herramientas eran: una cuchilla con mangos en los extremos y un hacha pequeña (como las que utilizan los cocineros).

Después que el encargado de la sierra trozaba el pescado teníamos que tomar una de las piezas, proceder a quitarle la piel con la cuchilla y sacar parte de un hueso a golpes de hacha. Todo esto rápidamente, antes que la pieza se descongele, no recuerdo exactamente cuanto demoraba la tarea pero creo que menos de treinta segundos.

El ritmo era infernal, el tipo de la sierra cortaba a toda velocidad y los pedazos formaban montañas delante nuestro. El ambiente estaba refrigerado pero transpiraba hasta la chaqueta, para colmo, al golpear con el hacha, los fragmento saltaban y algunos quedaban pegados en mis anteojos quitándome visibilidad.

Nos cambiábamos los guantes cada hora para evitar que se nos congelaran las manos, aún así sufrimos las consecuencias del frío. Después de un mes no podía doblar los dedos completamente, mis manos habían quedado moldeadas a la medida de los mangos de la cuchilla.

Al terminar la jornada y a medida que el cuerpo se enfriaba, el dolor en las manos era bastante molesto. Como dormía en la parte superior de una cama superpuesta, para subir o bajar tenía que hacerlo sosteniéndome con los antebrazos. Hasta la rutina de cepillarme los dientes era toda una proeza.

Dentro de nuestro grupo había dos japoneses, uno de ellos era nuestro jefe, una persona autoritaria y de muy mal carácter. Un día mientras estábamos trabajando, escuchamos entre gritos a uno de nuestros compañeros insultándolo. Corrimos hasta el lugar del hecho y los vimos forcejeando, inmediatamente nos pusimos a separar. Por fortuna primó el sentido común y la sangre no llegó al río, había hachas y cuchillos por doquier, pudo haber sido una masacre.

Al parecer, el mandamás, le pegó un puñetazo a nuestro compañero para reprenderlo por un error que había cometido. Dejamos de trabajar y salimos hasta la sala de descanso para calmar a nuestro compañero que estaba muy alterado, deliberamos en ese mismo lugar las acciones a seguir. Los responsables de la empresa querían que continuáramos con el trabajo, nosotros nos negamos, queríamos aclarar la situación.

La decisión fue unánime, o cambiaban al jefe o nos trasladaban a otra fábrica. Así fue como la suerte nos dio la primer sonrisa, a la semana nos consiguieron otro trabajo. Más que una acción solidaria hacia nuestro compañero aprovechamos este escándalo para zafar de los atunes, una verdadera criollada propia de argentinos.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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