Archivo de Mayo de 2006

Asesinos al volante

Conductores ebrios en Japón

Días atrás, durante la hora del almuerzo en la fábrica, vi por televisión la nota sobre un accidente automovilístico. Detalles aparte, el coche fuera de control ingresó por una entrada de la red de subterráneos. Quedando encajado en el túnel, sobre la escalera.

No son pocos los accidentes trágicos y espectaculares en Japón, aunque el tránsito en general es bastante ordenado. Algo que he notado en muchos conductores es la falta de uso del cinturón de seguridad, cosa que no ocurría hace quince años. Otra de las normas que no se respetan como antes son las velocidades máximas, a algunos les gusta pisar el acelerador y conducir en forma temeraria. El año pasado, un joven que conducía en estado de ebriedad embistió con su automóvil a un grupo de escolares. Cuando la policía inspeccionó el vehículo encontró en su interior varias botellas vacías de bebida alcohólica.

Los latinos ya hemos dado muestras de sobra sobre nuestra irresponsabilidad al volante. En el 2003, un joven peruano de 22 años conduciendo en estado de ebriedad colisionó su vehículo con otro matando a sus ocupantes, dos jóvenes de 22 años. El inconsciente (siendo generoso con el término) conducía sin licencia (algo común en la colonia latina aquí) y en el momento del impacto iba a 135 km/h. Se dio a la fuga inmediatamente después del accidente pero fue apresado y posteriormente condenado a 18 años de prisión.

El año pasado, una mujer brasileña de 31 años arrolló con su automóvil a un niño de 2 años. Al parecer, violando la luz roja del semáforo. Huyó a su país a los pocos días del accidente. Ante la falta de un tratado de extradición con Brasil, ella goza de total impunidad, al menos por ahora.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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Riqueza en Japón

Escenas

Salimos de casa y el automóvil ya nos esperaba escaleras abajo. Subimos al coche y partimos rumbo al hogar de la familia Ogura. En sólo cinco minutos de viaje llegamos al complejo habitacional formado por pequeñas y viejas construcciones de madera que el Estado alquila a gente de bajos recursos.

La unidad que ocupan Maki de 67 años y su hija Keiko de 31, tiene 40 años de antigüedad. Ya en el interior y mientras el viento empuja las frágiles paredes que amenazan caerse en cualquier momento, Maki nos cuenta que su padre, marino de profesión murió en la guerra, y que su marido se marchó de casa cuando su hija tenía apenas dos años de edad.

Como jefa de hogar y teniendo al hermano mayor de Keiko internado en un centro psiquiátrico, pienso que su caso se aleja bastante del arquetipo de familia japonesa de clase media que conocemos, en todo caso son los menos favorecidos de esa clase media.

Mientras escuchamos a Maki atentamente (no deja de hablar en ningún momento), su rostro no muestra señal alguna de tristeza, a pesar de lo melancólico de su relato. Hasta diría que goza de tener quien la escuche, y no estar sufriendo en soledad sus lúgubres recuerdos. Solo detiene su charla para traer en una sartén lo que será nuestro almuerzo. Con la sencillez de una mujer humilde y cordial, nos sirve la comida y deja el resto a un costado, por si queremos más, nos dice.

Mientras continuamos dialogando, entra Keiko con cara de haber estado dormida, lo cual no empaña lo más mínimo su belleza. Se sienta a nuestro lado y con mano temblorosa por efecto de los psicofármacos, toma un cigarrillo que enciende con cierta dificultad. Ella salió hoy del hospital en donde está en tratamiento, para compartir con nosotros este día. Hoy Maki vive de su magra jubilación, Keiko ayuda en lo que puede pero su sistema nervioso no está bien y esto le impide tener un trabajo estable.

Esta es una familia más de las que luchan dentro de este sistema. No todo es opulencia aquí, y la exclusión también la padecen los nativos.

Pensando en Maki y Keiko, mis recuerdos me llevaron unos años atrás, a mi país, cuando caminando tranquilamente por una calle de la ciudad me encontré a una adolescente sentada en la vereda llorando desconsoladamente, con una pequeña caja en sus manos en donde pude ver artículos para la venta ambulante. Por un instante me detuve y pensé en acercarme, pero seguí mi marcha. No era quien para molestarla y tenía todo el derecho de manifestar libremente su dolor. Y yo el mío. Ya que mientras la dejaba atrás y su llanto se perdía en la distancia, mis ojos se llenaron de lágrimas tan saladas como las de ella.

En ese mismo barrio conocí a Luciana, una hermosa joven de 18 años, que fue abandonada en la puerta de una iglesia a los pocos meses de vida. Se ganaba la vida trabajando en clubes nocturnos, muchas veces rozando la prostitución que por cierto, es una pesada carga para alguien que recién está aprendiendo a vivir.

Eran las cuatro de la madrugada cuando sentí que Luciana entraba en mi habitación y, creyendo que estaba dormido, se fue deslizando suavemente hasta meterse en la cama. No era su intención despertarme, solo se acostó a mi lado y la sentí sollozar, conteniendo el llanto. La deje, aguantando las ganas de consolarla. Al otro día, cuando le pregunté sobre su inesperada visita me dijo: “Me sentía muy sola y quería estar a tu lado, nada más”

Escenas que no tienen relación entre sí, solamente un detalle las une: mis deseos reprimidos de abrazarlas y llorar con ellas.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

(Publicado en Wakaranai, revista mensual de distribución gratuita dirigida a la colonia hispanohablante de Japón).

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Mi primer empleo en Japón

Era Julio de 1989. Después de acomodarme en el cuarto que compartía con mi hermano y dos personas más, empecé a conocer al resto de la tribu, hasta ese momento integrada por cuarenta y siete compatriotas. El menor del grupo tenía catorce años y el mayor pasaba los sesenta.

Según las leyes japonesas, los menores de dieciséis años tienen prohibido trabajar. Si bien el benjamín del grupo era un muchacho de fuerte contextura física, estaba imposibilitado para hacerlo, sin embargo pudo conseguir su puesto como todos nosotros. Esto me dio a entender que las cosas aquí no eran tan derechas como me habían contado.

Aquellos que ya peinaban canas tuvieron que recurrir a la tintura para el cabello ya que no solo había que tener aptitud física para trabajar sino también aparentarla, y así se convirtieron en blancos de nuestras burlas por un tiempo. Ellos fueron los que más sufrieron, tanto por lo duro del trabajo como por la angustia de estar alejados de sus seres queridos. Para algunos la melancolía pudo más, era llegar de la pesada faena y descargar todas y cada una de las lágrimas contenidas.

Las primeras dos semanas fueron para descansar y aclimatarse a la nueva vida. Luego salí a hacer mi primer experiencia laboral, una changa de pocas horas y por dos días. El trabajo consistía en cargar un camión con cajas que contenían latas de refresco. Era verano y hacía un calor insoportable, después de acomodar la carga en varios camiones quedaba bañado en sudor. Hasta ese momento las cosas se presentaron con relativa tranquilidad y sin complicaciones, era cuestión de esperar.

Y por fin me presentan en la empresa que me dio, lo que podría llamar, mi primer empleo en Japón, el más pesado que realicé en estas islas. Si algo aprendí en esa factoría es que nuestra resistencia física se encuentra más allá de lo que suponemos y que el ser humano se acostumbra a cualquier situación, por suerte o por desgracia.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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