Archivo de Junio de 2006

De rodillas

En todas las empresas japonesas, antes de comenzar con el trabajo diario, se acostumbra hacer una especie de mitin en donde se informa de las novedades y demás rutinas laborales. La semana pasada tomó la palabra el gerente general de la fábrica. El motivo del sermón fue la avería de una máquina por negligencia de un empleado que no hizo la inspección diaria como corresponde. Con lenguaje cercano a capataz de hacienda dejó bien en claro quien es el señor y quienes los vasallos. Un acto humillante e innecesario que los empleados soportaron con la cabeza gacha, como manda su cultura. Sólo faltó que azotaran al culpable, como en la Edad Media.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

Kappa - Ryuunosuke Akutagawa

Akutagawa, un visionario

Kappa es un personaje de la mitología japonesa, uno de tantos. También el título de un cuento de Ryuunosuke Akutagawa. Al leerlo no puedo evitar relacionar su argumento con la situación actual de Japón.

Kappa
Ryuunosuke Akutagawa

Extrañamente, experimentaba simpatía por Gael, presidente de una compañía de vidrio. Gael era uno de los más grandes capitalistas del país. Probablemente, ningún otro kappa tenía un vientre tan enorme como el suyo. ¡Y cuán feliz se le ve cuando está sentado en un sofá y tiene a su lado a su mujer que se asemeja a una litchi y a sus hijos similares a pepinos! A menudo fui a cenar a la casa de Gael acompañando al juez Pep y al médico Chack; además, con su carta de presentación visité fábricas con las cuales él o sus amigos estaban relacionados de una manera u otra. Una de las que más me interesó fue la fábrica de libros. Me acompañó un joven ingeniero que me mostró máquinas gigantescas que se movían accionadas por energía hidroeléctrica; me impresionó profundamente el enorme progreso que habían realizado los kappas en el campo de la industria mecánica.
Según el ingeniero, la producción anual de esa fábrica ascendía a siete millones de ejemplares. Pero lo que me impresionó no fue la cantidad de libros que imprimían, sino la casi absoluta prescindencia de mano de obra. Para imprimir un libro es suficiente poner papel, tinta y unos polvos grises en una abertura en forma de embudo de la máquina. Una vez que esos materiales se han colocado en ella, en menos de cinco minutos empieza a salir una gran cantidad de libros de todos tamaños, cuartos, octavos, etc. Mirando cómo salían los libros en torrente, le pregunté al ingeniero qué era el polvo gris que se empleaba. Éste, de pie y con aire de importancia frente a las máquinas que relucían con negro brillo, contestó indiferentemente:

-¿Este polvo? Es de sesos de asno. Se secan los sesos y se los convierte en polvo. El precio actual es de dos a tres centavos la tonelada.

Por supuesto, la fabricación de libros no era la única rama industrial donde se habían logrado tales milagros. Lo mismo ocurría en las fábricas de pintura y de música. Contaba Gael que en aquel país se inventaban alrededor de setecientas u ochocientas clases de máquinas por mes, y que cualquier artículo se fabricaba en gran escala, disminuyendo considerablemente la mano de obra. En consecuencia, los obreros despedidos no bajaban de cuarenta o cincuenta mil por mes. Pero lo curioso era que, a pesar de todo ese proceso industrial, los diarios matutinos no anunciaban ninguna clase de huelga. Como me había parecido muy extraño este fenómeno, cuando fui a cenar a la casa de Gael en compañía de Pep y Chack, pregunté sobre este particular.

-Porque se los comen a todos.

Gael contestó impasiblemente, con un cigarro en la boca. Pero yo no había entendido qué quería decir con eso de que “se los comen”. Advirtiendo mi duda, Chack, el de los anteojos, me explicó lo siguiente, terciando en nuestra conversación.

-Matamos a todos los obreros despedidos y comemos su carne. Mire este diario. Este mes despidieron a 64.769 obreros, de manera que de acuerdo con esa cifra ha bajado el precio de la carne.

-¿Y los obreros se dejan matar sin protestar?

-Nada pueden hacer aunque protesten -dijo Pep, que estaba sentado frente a un durazno salvaje-. Tenemos la “Ley de Matanzas de Obreros”.

Por supuesto, me indignó la respuesta. Pero, no sólo Gael, el dueño de casa, sino también Pep y Chack, encaraban el problema como lo más natural del mundo. Efectivamente, Chack sonrió y me habló en forma burlona.

-Después de todo, el Estado le ahorra al obrero la molestia de morir de hambre o de suicidarse. Se les hace oler un poco de gas venenoso, y de esa manera no sufren mucho.

-Pero eso de comerse la carne, francamente…

-No diga tonterías. Si Mag escuchara esto se moriría de risa. Dígame, ¿acaso en su país las mujeres de la clase baja no se convierten en prostitutas? Es puro sentimentalismo eso de indignarse por la costumbre de comer la carne de los obreros.

Gael, que escuchaba la conversación, me ofreció un plato de sándwiches que estaba en una mesa cercana y me dijo tranquilamente:

-¿No se sirve uno? También está hecho de carne de obrero.

FIN

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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El asalariado japonés

Reflexiones de un trabajador japonés

Uno de los temas recurrentes que trato con los nativos, ya con cierta obsesión, es respecto a la aparente sumisión a la empresa por parte de sus empleados, condición a la cual se encuentran afectados la mayoría de los asalariados japoneses. De estas conversaciones por correo electrónico, quiero citar algunas reflexiones de un amigo japonés que tiene un muy buen nivel de español. Él es Ingeniero de Sistemas en una empresa de primera línea y trabaja un promedio de catorce horas diarias:

“Estoy bien cansando de mi trabajo y tengo ganas de hacer otra cosa… pero aún no me animo… Es cierto, pero ¿por que? La verdad no sé”.

“Acá, creo que es difícil vivir bien (o no mal, por lo menos) sin plata, y por otra parte la gente vive permanentemente preocupada por el futuro…”

“Antes de llegar a la edad en que ya no puedas trabajar, debés haber juntado suficiente plata para el resto de la vida, ya que la pensión de jubilación es una miseria. Cada vez más miserable…”

“Y bueno, aferrarse a un puesto de trabajo que una vez se consiguió, es una manera de tener cierta seguridad o estabilidad… Bueno parecería el cuento de la cigarra y las hormigas, pero la diferencia es que las hormigas sí tienen su
tiempo de descansar y los japoneses no, casi…”

“Si yo fuera un Ingeniero de Sistemas súper capaz, dejaría de trabajar para descansar todo lo que quiera y sin preocuparme, ya que luego del reposo no faltarían empresas que me quisieran contratar… pero si soy un mediocre.. no puedo darme ese lujo. Mejor me aferro a mi actual puesto…”

“Hay gente que vive bien sin plata. Personas, por ejemplo, que deciden vivir en algún lugar apartado, pero de buen clima, y ahí comprar una chacra y llevar una vida de auto abastecimiento… todo tranquilo y nada de estrés, pero muchos no se atreven. Otra opción sería trabajar hasta cierta edad, y de ahí irse a un país donde el costo de vida sea mucho más barato que en Japón y vivir de lo que se ha ahorrado hasta entonces o de la pensión…”

“Sigo pensando ¿para qué trabajan los japoneses?, y aún no tengo una idea clara…”

“Los hombres que mueren (o hasta se suicidan) por exceso de trabajo, para nada me parece que hayan estado trabajando por su “felicidad”, sino para mantenerse ahí en su puesto creyendo que así estarían sosteniendo, al menos económicamente, a su familia, aunque en realidad esa familia podía estar destruida ya, por la constante ausencia del papá…”

“Durante la Segunda Guerra Mundial, no existía la idea de “felicidad personal”, y todo era por el Emperador. El mayor honor para un hombre era morir por el Emperador, teóricamente…”

“No sé si será que ese extremo colectivismo fue, luego de la derrota en la guerra, el que hizo posible que la gente trabajara (sacrificando su “felicidad personal”) para reconstruir el país…”

“También se podría comentar que muchas obras de Miyazawa Kenji hablan de autosacrificio por los demás. Y son valores que no dejan de enseñarse en el primario, secundario, etc…”

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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