Cerezo en flor
En esta covacha que hoy es mi hogar, en un pequeño pueblo rodeado de montañas, dentro de una ciudad que sólo conocen sus habitantes, me encuentro descansando después de haber cumplido con el insulso ritual del Hanami.
No fue desagradable la experiencia, pero como buen extranjero, todavía no logro entrar en trance como hacen los nativos todos los años, al contemplar con tanto regocijo al cerezo en flor.
Mientras un individuo más borracho que contento practicaba una extraña danza cuyo origen ni él debe conocer, me lamentaba no poder entrar en sintonía con los japoneses para dejar de ser un simple espectador, y sumarme como protagonista a tan peculiar celebración. Para mí, un día de campo como cualquier otro, con las habituales bolas de arroz y el clásico pollo frito.
Hasta los cuervos llegaron puntuales a la cita, contrastando el negro de su plumaje con el rosa pálido de las flores. Ellos no saben de tradiciones, pero sí de los desperdicios que quedan tras la fiesta. Y esperaron pacientemente su turno para continuar con el banquete.
Y las fotos de rigor, todos dispararon sin piedad sus modernas cámaras Digitales, desde todos los ángulos posibles. Fotos superadas en cantidad sólo por las instantáneas que los padres toman a sus primogénitos. Lo que en otros tiempos solo fue factible con pincel y tinta, obras de reconocidos artistas que perduraron en el tiempo y aún hoy podemos admirar.
Quizás el sakura sea sólo una excusa para reunirse y festejar, o puede ser que diga esto por mi frustrado intento de comprender la cultura de este país, tan rica como impenetrable para los foráneos.
Lo cierto es que el cerezo en flor ha cautivado por generaciones a este pueblo, al que mantiene a sus pies cada doce meses, sólo con la belleza de sus pétalos, delicada flor, singular y efímera como la vida humana.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com
Tags: Cerezo en flor
(Publicado en Wakaranai, revista mensual de distribución gratuita dirigida a la colonia hispanohablante de Japón).
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