Archivo de Marzo de 2007

Ingreso a la universidad

En la década de los setenta fue de conocimiento público la tarifa que se debía abonar, según la facultad, para asegurar a los candidatos la entrada triunfal a los diferentes centros de estudio. En esos años los postulantes eran tantos que el ingreso se convirtió en una misión harto complicada. Claro, todos querían ingresar a la mejor universidad, pero la competencia era dura y no todos tenían la capacidad para hacerlo. Así fue que muchos padres, preocupados por el futuro de sus hijos, le aseguraron su entrada a la excelencia pagando el pasaje en ventanilla y al contado.

Esta era la lista de precios por especialidad, hay que tener en cuenta que las cifras no están actualizadas, estos valores son de los años setenta.

Medicina: De 4 a 5 millones de yenes.
Odontología: De 2 a 3 millones de yenes.
Farmacia: De 1 a 1,5 millones de yenes.
Ingeniería: De 100 mil a 2 millones de yenes.
Bellas artes: Desde 1 millón de yenes.

Por supuesto, sólo los ricos podían pagar estos importes, el asalariado común no tenía acceso por esta vía. Ahora, ¿como hacía la clase media para asegurar el futuro de sus hijos? Bueno, los ejemplos que se conocen son los siguientes:

En 1975, el padre de una aspirante a la universidad Tsudajuku, se disfraza de mujer para rendir el examen de ingreso en lugar de su hija. Se vistió de tal manera que su aspecto era similar al de una hostess (dama de compañía). Su espantoso gusto para seleccionar la vestimenta adecuada y su mentón azulado lo delataron. El impostor era docente en una escuela secundaria, de la cual lo despidieron.

En el mismo año, hubo un hecho bastante extraño. Una madre de 46 años, profesora de inglés en la escuela secundaria, fue invitada al reservado de un restaurante para tratar con su contacto el ingreso a la universidad de su hija. Según su versión, fue violada por el hombre en ese mismo lugar, no sólo eso, sino que este personaje le pidió, además, 1 millón de yenes. Al parecer, la violación era sólo el adelanto por sus servicios.

Info: 1970 Nen Dai Hyakka (1985)

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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Servicio de transporte

El Japón antiguo es una caja de sorpresas para quienes como yo sienten un particular interés por la cultura japonesa. En lo personal, de este período de la historia (Edo), me atrae todo lo relacionado con la vida cotidiana de la gente. Muchos oficios y actividades mercantiles siguen vigentes en el Japón actual y no han cambiado gran cosa desde esa época. En cambio otros, sí han sido sepultados por la modernidad. Por ejemplo, este curioso servicio:

Servicio de transporte

Las damas que no deseaban mojar sus bonitos kimonos debían recurrir a estos trabajadores que por una determinada cantidad de dinero las cargaban hasta el otro lado del río. El precio dependía de la profundidad de las aguas y el sistema de transporte. Las elegantes mujeres podían optar por una confortable plataforma acarreada por cuatro cargadores o, más barato, sobre los hombros de uno de ellos. Algunos pícaros del rubro doblaban sus piernas durante el cruce para simular una mayor profundidad y así obtener mejor paga. Lo que nosotros llamamos viveza criolla es algo que los japoneses conocen muy bien y desde hace mucho tiempo.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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Homeless en los Internet Cafe de Tokio

Los sin techo ocultos de la sociedad japonesa

Distrito de Tokio, ciudad de Ota, barrio de Kamata.

Muy tarde por la noche se los ve entrar en los diferentes Internet Café que se encuentran diseminados en el centro de la ciudad. Reconocerlos no es difícil, todos portan bolsos de generosas dimensiones en donde llevan todo aquello que una persona sin hogar necesita. Están solos, sin más compañía que una muchedumbre anónima, sin otro interlocutor más que su conciencia, y lo más triste, sin una familia que espere su llegada.

Homeless en los Internet Cafe de Tokio

Homeless en los Internet Cafe de Tokio

Shuuji es un joven de 28 años, su familia está conformada por su madre y dos hermanos menores. Debido a la mala situación económica, salió de su pueblo natal y llegó a Tokio en busca de trabajo. Parte del dinero que ganaba estaba destinado a su familia, un día, se queda sin recursos para pagar el alquiler de su apartamento y es echado a la calle.

Así comienza su vida de homeless cibernético que de virtual no tiene nada. Dice que eligió este barrio (Kamata) porque cuenta con muchos locales de Internet y los precios son muy económicos. Para alimentarse compra una vianda de 300 yenes, la cual come por partes para que le dure todo el día. Los casilleros que funcionan con monedas (coin locker) le sirven de ropero, Shuuji utiliza dos de los más amplios cuyo costo es de 200 yenes por día cada uno. Esta es una práctica común entre los sin techo, que guardan sus pertenencias allí para no tener que cargarlas durante toda la jornada. Incluso, algunos aprovechan ese espacio para cambiarse de ropa.

Homeless en los Internet Cafe de Tokio

Sentado en el banco de una plaza, observa a la gente que lo rodea, a los jóvenes de su generación que viven una realidad muy diferente a la suya. Saca de su bolso un corsé ortopédico que debe usar por la inapropiada posición en que duerme. También unos palillos desechables con los cuales come las raciones de la vianda. Y en tono tranquilo dice: “Vivir en los Internet Café… vivir en la calle… en ambos casos no se tiene hogar, y el que no tiene hogar es homeless”.

Homeless en los Internet Cafe de Tokio

Homeless en los Internet Cafe de Tokio

La que retira su bolso del casillero es Hitomi, tiene 18 años y hace uno que vive en los Internet Café. Después de terminar el ciclo básico secundario dejó la escuela y la casa de sus padres para comenzar a trabajar. Busca todas las noches en la web algún empleo de paga diaria ya que no cuenta con dinero en el bolsillo, su horizonte no se extiende más allá del día siguiente.

Homeless en los Internet Cafe de Tokio

Los trabajos que se pagan en forma diaria tienen un sueldo muy bajo, debido a esto, ella tiene que limitar sus gastos al extremo. Por ejemplo, sólo pude ducharse una vez cada tres días. Lleva un frasco de perfume que utiliza para disimular su falta de aseo, pero confiesa que en verano la situación se vuelve muy incómoda.

Homeless en los Internet Cafe de Tokio

Mientras se acuesta y trata de acomodar su cuerpo en la pequeña cabina, dice: “Que ganas de dormir cómoda y tranquila en un futon…”

Homeless en los Internet Cafe de Tokio

Shuuji está a punto de salir a trabajar y envía con su teléfono celular un mensaje a la agencia de empleo: “16532, salgo a partir de este momento”. Camina en dirección al punto de encuentro, es muy temprano y el sol no ha salido todavía. Llega a destino, toma su celular y envía otro mensaje: “16532, estoy en el lugar de encuentro”. Junto a él, hay otros jóvenes, que en su misma situación, esperan el vehículo de la agencia que los llevará al lugar de trabajo.

Homeless en los Internet Cafe de Tokio

Homeless en los Internet Cafe de Tokio

Como si fuesen partes intercambiables de una máquina, estos jóvenes son utilizados y desechados el mismo día. La paga que reciben por la jornada es de entre 6.000 a 8.000 yenes. Dentro de la empresa que los contrata no tienen nombres, son llamados por todos con la expresión “¡che!”, hasta ese derecho han perdido, el de ser llamados por sus nombres. Este es otro de los aspectos que me hacen pensar que Japón, a pesar de los avances en su economía y tecnología, sigue arrastrando costumbres de la edad media y que su sociedad tiene, aun hoy, algo de feudo.

Homeless en los Internet Cafe de Tokio

Sus vidas está fragmentadas en días y su destino cuelga de ese jornal diario que les puede permitir dormir y comer en un Internet Café. Si el empleo salvador no aparece, la calle los espera; dormirán a la intemperie, con el estómago vacío y la incertidumbre de lo que pueda ocurrir mañana.

Hitomi hace un llamado a su agencia: “Mi número de empleado es 21-38508, respecto a trabajo para mañana, ¿hay algo?” Así, con sus 18 años, debe luchar jornada tras jornada, buscando las esquivas horas de labor que le permitan pagar un día más de su agitada vida.

Homeless en los Internet Cafe de Tokio

Saca su agenda del bolso y la presiona contra su pecho. En ella anota frases que la ayudan a mantener su espíritu en alto. Como creyente aferrada a sus sagrados textos, consulta esas sencillas líneas a menudo; y se da ánimo con sus propias palabras cuando siente que el coraje la está abandonando. En una de sus páginas ha escrito:

“Voy a ser fuerte”.
“Voy a ser responsable”.
“Voy a resistir”.

Homeless en los Internet Cafe de Tokio

Homeless en los Internet Cafe de Tokio

Con las frases de Hitomi finaliza el breve documento de la televisión japonesa que alguien publicó en “YouTube”.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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