Yakuza
Durante una visita que hicimos con mi esposa al pueblo natal de su padre, fuimos al cementerio para depositar flores en las tumbas de sus antepasados. Muy cerca de donde estábamos se encuentran los restos de un famoso yakuza que habitó esa zona; mi esposa me dijo que fue una persona muy respetada y querida por los lugareños, al parecer era cierto ya que en ese mismo momento había gente reunida homenajeando al ilustre personaje.
Cuántos secretos debe albergar este misterioso mundo, y qué lejos debe estar de la imagen ridícula que nos muestra Hollywood; la mafia en este país es toda una institución, y con un frondoso historial.
Habrá sido el modelo estadounidense que quedó grabado en mi mente lo que me produjo esa sensación desagradable al encontrarme con mi contacto, un empleado de la empresa contratista, a quien le faltaban 2 falanges en una de sus manos. Esto fue en el aeropuerto de Narita, cuando llegué por primera vez a Japón, en el verano de 1989.
Todavía recuerdo a este sujeto de duro carácter pero de buen trato, hasta daba la impresión de ser una buena persona, y esto, a pesar de que varias veces lo vieron con un revólver en la cintura. No sé que habrá sido de este buen samaritano, me han dicho que cayó muy enfermo y quizá se haya llevado al otro mundo ese cúmulo de tenebrosas historias, que infunden temor y al mismo tiempo nos seducen, ese pedazo de vida que me hubiese gustado mucho poder escuchar.
A veces las noticias nos sorprenden con las andanzas de estos sujetos, y hay casos increíbles, como el de un matón que se entrega voluntariamente a la policía porque cometió el error de comenzar una balacera en domicilio equivocado, al parecer, los yakuza tienen su propio código de conducta, sí, son delincuentes, pero con honor.
Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com
(Publicado en Wakaranai, revista mensual de distribución gratuita dirigida a la colonia hispanohablante de Japón).
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