No pocas veces en los días de ocio, junto a las estupideces que pienso, me llegan recuerdos de la niñez; retratos perdidos de la infancia que, como viejas fotos en blanco y negro, permanecen guardados en algún cajón de la memoria.
Cómo olvidar la sensación táctil de la “plastilina” y su particular olor. Era bastante creativo con la masa plástica, un día envolví a un inocente grillo y lo corté al medio con una hoja de afeitar para poder ver lo que tenía dentro.
No sólo los insectos sufrieron mi curiosidad, también un pobre sapo; cuando lo metí en una lata, la cual cerré herméticamente para luego echarla a una hoguera. Lejos de sentir piedad por el batracio, me causaba mucha gracia ver como se movía la lata sobre el fuego.
Reconozco que fui cruel cuando niño, y también bastante astuto. Fue durante un paseo en bicicleta con mi primo. En un momento dado, y yendo a bastante velocidad, muevo hacia un lado y otro el manubrio de la bicicleta para ver que sucedía, y sucedió que perdí estabilidad y casi doy con mis huesos al pavimento. Como me quedé con ganas de saber que hubiera pasado si me caía le pedí a mi primo, quien no había visto nada ya que estaba delante mio, que ejecute la maniobra. Su estrepitosa caída fue, y todavía la recuerdo, una obra de arte.
Otra de las víctimas de mis travesuras fue mi hermano: estábamos jugando en un amplio terreno que mi tío tenía en el fondo de su casa, en determinado momento veo medio enterrada la tapa de una vieja cacerola de aluminio. “Bueno, ya conseguí mi platillo volador”, pensé. Lo lancé con fuerza; el objeto subió, dibujó un ocho en el aire, bajó y fue a dar en la frente de mi hermano que estaba a unos veinte metros. Después de sentir el ruido a lata, vi la nube de polvo y a mi hermano agarrándose la cabeza. Mientras lloraba y puteaba a quien escribe.
Ni las aves silvestres escaparon a mi malicia: después de derribar un gorrión con un rifle de aire comprimido, sentí mucha pena al ver su cuerpo abatido. Estaba tieso, con sus patas recogidas y no quise tocarlo. Vencido el temor, lo tomé en mis manos, lo llevé hasta un rincón del jardín y le di cristiana sepultura. Hasta una pequeña cruz de madera clavé en su tumba, buscando con ese acto lavar mi culpa.
No puedo sentir orgullo por estas acciones, ni tampoco remediarlas. Episodios que de no mediar la inocencia natural del niño, serían producto del comportamiento satánico de un reverendo hijo de puta.
Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com