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Vivir en Japón

Atrás y lejos quedaron las ilusiones. Tibios recuerdos de un pasado que prometía, y que al final no fue. Hoy el destino los recibe con su peor cara, cargando una pesada mochila llena de frustración y angustia.

Los latinoamericanos en Japón, en su mayoría, han remado sin descanso durante diecisiete años para recibir a cambio un mundo peor que el que dejaron. Sacrificaron la mitad de sus vidas para nada. Para ser parte de un gueto, rodeados de decadencia y discriminados por el resto de la sociedad.

Están en el primer mundo, pero el primer mundo de los poderosos, el primer mundo del capitalismo industrial que supo sacar provecho de sus fuerzas. No son ciudadanos de este primer mundo, sino mano de obra desechable que es otra cosa. Simples herramientas, cuerpos sin alma, sólo parte orgánica de la maquinaria, que puede ser eliminada en cualquier momento según los vaivenes de la producción.

Si al menos el sacrificio sirviera para futuras generaciones. Ni siquiera eso, los hijos de la colonia continuarán en el sendero abierto por sus padres, como mano de obra bruta y sin posibilidades de progreso. Si los nativos están condenados a la inmovilidad social, que pueden esperar los extranjeros.

¿Valió la pena? Años de juventud tirados al pié de las líneas de producción. Lazos afectivos rotos para siempre. Familias desintegradas. Toda la energía y creatividad de miles de individuos convertidos en autopartes. Un excelente negocio… para los empresarios.

Mientras el gobierno modifica y hace más restrictivas las leyes de inmigración y los medios masivos de comunicación los exhiben como enemigos de la sociedad, la comunidad latina sólo observa, como esperando el milagro que los saque del chiquero. Sin hacer el mínimo esfuerzo por organizarse, metiéndose en lo más profundo de su madriguera, ya sea por egoísmo o impotencia.

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Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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La pequeña Sudamérica en Japón

Nuestras malas costumbres 

A veces me pregunto si es justo que los japoneses tengan que aguantar nuestras malas costumbres, me refiero a esas actitudes que nos muestran como personas incivilizadas: tirar ceniza de cigarrillos al piso cuando tenemos un cenicero cerca, arrojar basura a la vía pública, estacionar el automóvil en lugares reservados para personas lisiadas, etc.

“Pequeños detalles”, dirán algunos, y es por eso que me indigna, porque son fáciles de evitar, y no lo hacemos porque no se nos da la gana. Si yo me molesto por esto, imagino lo que deben sentir los ciudadanos de este país, en parte tenemos bien ganado el desprecio que puedan sentir por nuestra presencia.

Como me cuesta convivir con personas maleducadas, tanto aquí como en mi país, hay que ser un ejemplo de tolerancia para aceptar como respuesta: “A la persona que limpia le pagan”, “yo pago los impuestos”. Siguiendo este criterio, es totalmente lícito incendiar la casa del vecino, ya que los bomberos también reciben paga por su trabajo.

Pero bueno, que puedo hacer más que seguir soportando sus malos hábitos, después de todo, hay cosas peores que aguantar en esta vida.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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Costumbres

Los japoneses y el qué dirán

En algunos aspectos no somos tan diferentes, los prejuicios están presentes en esta sociedad como en otra. Salvo que los japoneses son más reservados en sus opiniones y hablan muy poco de temas personales. Aun dentro de la familia o con amigos.

En este país, no sólo hay que ser buena persona, sino también aparentarlo. El japonés medio no puede soportar que otros tengan una imagen negativa de su persona. Por injusto que sea el concepto que los demás tengan de él, esta situación, le molesta tanto como una piedra en el zapato.

Si reciben un regalo, tienen que corresponder el gesto. Como una obligación social, los sentimientos no influyen en la decisión. Hay que hacerlo porque así fue determinado en algún momento. Ante todo, cumplir con el protocolo.

Cuando se llega a un nuevo vecindario, hay que saludar a los vecinos colindantes. El no hacerlo puede generar habladurías y tomarse como falta de respeto. En general se entrega un presente de escaso valor, como símbolo de amistad.

En pleno siglo XXI, las familias japonesas siguen manteniendo sus costumbres a pesar de todo. En una que conozco, y esto es historia reciente, uno de sus hijos está obligado a casarse para poder convivir con su pareja. Los padres de la novia se opusieron a que compartan el mismo techo si antes no contraen matrimonio. Y no son adolescentes, ambos tienen 24 años de edad.

Si el trato entre desconocidos es tan formal, se pueden imaginar lo que ocurre dentro de la familia. Yo lo vivo en carne propia y les aseguro que, en ocasiones, es insoportable.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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