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Vida en Japón, un domingo como cualquier otro

Es una mañana calurosa de verano, un domingo como cualquier otro en Japón, tranquilo y soleado. Estoy en un local de comida rápida frente a la estación. Hace apenas minutos que desperté y me dispongo a tomar el desayuno.

El sabor del café, como en la mayoría de estos comercios, es espantoso. La luz del sol que penetra por la vidriera, se refleja en una de las mesas y golpea sin misericordia en mi cara. El clima es espléndido y la hermosa canción de Diana Roos que estoy escuchando aporta su toque de melancolía . Enciendo un cigarrillo, cierro los ojos y disfruto de este instante.

Siento una voz cerca y regreso al mundo real. Levanto la cabeza y veo a una empleada de la tienda que me dice que está prohibido fumar en este sector. Apago el cigarrillo y pido disculpas. Como buen gaijin, no supe leer el ideograma escrito en uno de los vértices de la mesa.

Salgo del local. Todavía quedan muchas horas por quemar y no tengo plan alguno. Como siempre, la visita a los centro de compras que encuentre en mi camino. No son muchos, la ciudad es chica y ya conozco de memoria todos sus comercios, hasta sé cuales son los artículos que venden y a que precios. Bueno, quizás me encuentre con algún conocido y pueda romper la monotonía.

Mi paseo dominical sigue su marcha sin pena ni gloria. Estoy sentado en uno de los bancos de una pequeña plaza, hay muy poca gente circulando y mi única compañía es un gorrión que está picoteando el suelo a metros de mis pies. A mi derecha, al borde de la calle, veo a un cuervo parado sobre un tacho de basura; esto me recuerda que es hora de almorzar y decido regresar a casa.

Como no tengo ganas de cocinar, paso por una tienda de conveniencia y compro una vianda. Mientras camino hacia mi apartamento, pienso que al día siguiente comienza mi dura rutina laboral, pero estoy contento; porque en la fábrica, a pesar del trabajo pesado y tedioso, al menos tendré a alguien con quien conversar.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

Vivir y trabajar en Japón, ¿en dónde queda mi casa?

Corría el año 1990, era verano, recién había llegado a esa ciudad. Como tenía que esperar a que me destinaran a una de las tantas fábricas de la zona, estuve unos días en morada transitoria, una casa vieja que se caía a pedazos. La ducha estaba fuera, era una especie de cabina telefónica que funcionaba con monedas de 100 yenes. Yo echaba dos monedas porque con una, sólo podía limpiar una mitad de mi cuerpo; en una oportunidad, contaba con una sola moneda, ese día tuve que decidir que mitad asearme.

En esa época había bastante trabajo, así que los contratistas no demoraron en asignarme fábrica y vivienda definitiva. Mi nuevo hogar era una casa nueva y bonita cerca de la estación, que compartía con otras cinco o seis personas, no lo recuerdo. Al día siguiente de haber llegado, salimos muy temprano para el trabajo. No tuve tiempo ni de saber la ubicación de la casa, mi casa. Ni siquiera de conocer el vecindario. Es decir, no tenía la menor idea de donde estaba viviendo.

La fábrica, como casi todas en Japón, una cámara de tortura. El ambiente de trabajo, de lo peor. De los compañeros que me tocaron en suerte, todos compatriotas, no guardo recuerdo alguno y hasta me olvide de sus caras. Es más, creo que nunca supe como se llamaban. En mi memoria los veo como sombras amorfas.

Fue la primera vez que entré a una planta productora de autopartes. El recorrido inicial desde la entrada no era nada halagüeño, una a una pude ver las diferentes secciones con su respectivo personal: algunos obreros estaban soldando dentro de una fosa mientras los chasis pasaban sobre él; otros, pintando en cuclillas piezas colgadas de una línea que corría sin parar; y lo más patético, los suicidas que metían medio cuerpo bajo una enorme prensa que al bajar sonaba como cañonazo y hacía temblar toda la planta. Adivinen cual de estos trabajos me tocó hacer.

La prensa era operada por tres personas. Una, colocaba la plancha metálica; otra, presionaba los botones para accionarla; la tercera, sacaba la pieza terminada. Yo era el tercero en discordia. Habré metido el cuerpo más de dos mil veces ese primer día. Si bien estaba resignado a mi destino, no pude sacarme la maldita sensación de quedar convertido en un bonito poster si los sistemas de seguridad fallaban. Para colmo, en los minutos de descanso, no se hablaba de otra cosa que de los accidentes que sufrieron algunos desafortunados.

Al terminar la jornada, para mí la primera, salimos y tomamos el autobús. Cuando bajamos en la estación, los que vivían conmigo salieron todos en distintas direcciones. Cuando reaccioné, me di cuenta que estaba solo y era un pobre idiota que no sabía cómo regresar a su casa.

Como niño perdido buscando a su madre, caminé en dirección hacía donde supuse debería estar mi hogar. Lo único que sabía era el nombre del bloque de viviendas, cosa que no sirve de mucho sin tener conocimiento de otros puntos de referencia. En el camino, veo a un grupo de personas con aspecto latino y me acerco a preguntar. La suerte me acompañó ese día, eran obreros de la misma empresa contratista y conocían la ubicación del edificio.

Así fue como un día, recibí respuesta a una pregunta que jamás pensé que iba a formular: Disculpa, ¿me puedes decir en dónde queda mi casa?

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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Argentinos en Japón, acto fallido

De la sartén al fuego

Un día, al regresar del trabajo, me entero por quienes estaban presentes en ese momento, que parte de la tropa se había amotinado y abandonado el lugar, no sin antes armar un escándalo de dimensión cinematográfica.

Los rebeldes eran un grupo de veinte personas que habían trazado el plan después de tratar con otra empresa contratista que ofrecía mejores condiciónes laborales. Cuando estaban saliendo, en bloque y con todas sus pertenencias, el responsable de la empresa salió enfurecido de su oficina para intentar detenerlos. Mientras los amenazaba a gritos, sin tener en cuenta que nadie entendía nada de lo que decía.

La banda de insurgentes, sordos a sus amenazas y ciegos a su presencia, siguió su camino como si nada pasara. Fue tal la impotencia del ignorado presidente que, preso de cólera, llegó a tomar a uno de los sublevados por el cuello. Quien logra zafar luego de un breve forcejeo.

Ya en la calle y desde un teléfono público, llaman a los taxis que los llevarían a su nuevo destino. En ese momento, el presidente de la compañía, pretende salir a la calle con un cuchillo y es retenido por sus empleados, mientras los vehículos partían, uno tras otro, ante la mirada atónita de los vecinos.

Un lugareño, se acerca a uno de los muchachos del grupo con quien había trabado cierta relación de amistad y le entrega un sobre con dinero, sabiendo la difícil situación por la que estaba pasando su amigo. Quien al principio no quiso aceptarlo, y solo lo hizo cuando el lugareño se arrodilló y le pidió por favor que lo hiciera, sin poder contener el llanto.

Para el grupo rebelde fue una batalla ganada, casi un pasaje a la libertad. Pero jugar de visitantes tiene sus desventajas, al poco tiempo se darían cuenta de la insensatez que habían cometido. Y que lejos de mejorar su precaria situación, lo que habían logrado fue exactamente lo contrario.

Nuestros contratistas eran mafiosos, con contactos en toda la región. Una vez ubicado el lugar en donde los rebeldes estaban, fue sólo cuestión de hacer una visita de camaradería y poner en orden los negocios.

En definitiva, nuestros ex compañeros siguieron con su miserable sueldo, con un trabajo mucho más pesado que el anterior y viviendo en un galpón como animales de granja.

Moraleja: No muerdas la mano de quien te alimenta, y mucho menos, en su propia casa.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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