Archivo de la categoría "Primer viaje (1989-1992)"

Turismo sexual

A los tres meses que llegué, la empresa contratista decide agasajarnos con una excursión a un popular centro turístico cuyo nombre he olvidado por completo. Salimos en dos autobuses, uno para los empleados japoneses y otro para nosotros, los extranjeros. Durante el trayecto la azafata trató de deleitarnos con sus canciones, haciendo lo posible por afinar y mantener el equilibrio al mismo tiempo. Cosa nada fácil con el autobús transitando camino montañoso. A pesar de su simpatía y buena voluntad, fue una experiencia realmente insufrible.

En una de las paradas pudimos visitar un acuario, a la salida algunos compraron bebidas y alimentos para consumir durante el viaje. Uno de los muchachos subió al autobús con un enorme Hot dog con una cantidad generosa de una salsa que él confundió con mostaza, en realidad el aderezo era “karashi”, de color similar a la mostaza pero picante como el “wasabi”.

Con el primer mordisco desapareció la mitad del Hot dog, estaba muerto de hambre y tragó casi sin masticar. Jamás pensé que el color del rostro podía cambiar en forma tan repentina, no dijo nada, solo buscó desesperadamente algo para beber. Tomó una lata de gaseosa que yo había dejado en el piso y bebió su contenido. Ni tiempo me dio para avisarle que la estaba usando de cenicero. Al rato escupió una de las colillas en medio de un mar de carcajadas.

En el hotel fuimos recibidos como si de personas importantes se tratara: alfombra roja, todo el personal formando una hilera desde la puerta del autobús hasta la entrada; que se inclinaban a nuestro paso para saludar, como es habitual en estas tierras.

A la hora de la cena nos reunimos todos en un inmenso salón. Como paso previo a la comilona se presentó un grupo de mujeres jóvenes ataviadas con el tradicional vestido japonés, ellas se encargaron de servirnos la bebida y hacernos compañía durante la velada. Lo inesperado sucedió cuando comenzó el espectáculo.

Bajó la intensidad de las luces, se abrió el telón y apareció una dama que por su aspecto ya había pasado los cuarenta años. Se quitó la ropa quedando completamente desnuda y comenzó a mostrar sus habilidades, tomó de entre sus herramientas de trabajo una prótesis masculina y se la introdujo. Luego invitó al público a que se acerque al escenario para que la asistieran en la faena, cosa que algunos hicieron manipulando la prótesis por ella.

En el siguiente acto, esta misma dama, tomó un huevo (de gallina) al que lubricó con su lengua y guardó por un momento en su vagina. Pidió un voluntario entre el público a quien le hizo sostener una pequeña cesta, luego tomó cierta distancia y con un movimiento acrobático despidió el huevo que fue a dar justo en el interior de la cesta. Demostrando con esto, el control absoluto que tenía sobre sus genitales.

Para el siguiente número salió a escena una joven de unos treinta años, se quitó la bata lentamente al tiempo que ejecutó una sensual danza que anticipaba algo de mejor gusto que lo visto anteriormente. Pero no fue así, esta vez la artista mostró el poder de tracción que poseía en sus músculos vaginales. Para eso “mordió” con sus partes íntimas un cabo en el cual había un cordel amarrado, el otro extremo del cordel estaba atado a un carrito. La prueba consistía en tirar del carrito cargado con diversos objetos, y así se paseó por todo el escenario convertida en un verdadero vehículo con tracción a… sangre.

Años después, al comentar esta anécdota con otra gente, escuché testimonios de personas que habían presenciado un espectáculo similar. Así me enteré de otras habilidades que poseen estas profesionales del sexo: fumar por vía vaginal, y disparar una banana a varios metros de distancia. Entre otras especialidades dentro de este peculiar mundo del espectáculo sexual.

Al llegar la noche algunos salieron desesperados a buscar compañía femenina con quien calmar un poco la ansiedad, uno de ellos llega a nuestro cuarto quejándose por su frustrada intención de consumir en el mercado sexual japonés. Era un señor de más de cincuenta años que no pudo cerrar trato por los altos honorarios de la profesional, según sus dichos debía abonar 40.000 yenes. La cual es una suma usual si la que presta el servicio es una mujer joven y atractiva, más teniendo en cuenta la edad del cliente.

No recuerdo exactamente que hicimos al día siguiente, creo que sin más trámite emprendimos el regreso. Así terminó mi paso por uno de los tantos centros de placer que hay en estas islas, experiencia que me será difícil olvidar, especialmente por su singular fauna artística.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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Trabajar en Japón, pelar atunes congelados

Nada me habían dicho en Buenos Aires sobre procesar atunes congelados, pero ese fue el trabajo que realicé durante mis primeros meses en Japón. Apenas entré a la fábrica recibí mi uniforme: pantalón y chaqueta blanca, delantal plástico del mismo color y botas de goma. Las herramientas eran: una cuchilla con mangos en los extremos y un hacha pequeña (como las que utilizan los cocineros).

Después que el encargado de la sierra trozaba el pescado teníamos que tomar una de las piezas, proceder a quitarle la piel con la cuchilla y sacar parte de un hueso a golpes de hacha. Todo esto rápidamente, antes que la pieza se descongele, no recuerdo exactamente cuanto demoraba la tarea pero creo que menos de treinta segundos.

El ritmo era infernal, el tipo de la sierra cortaba a toda velocidad y los pedazos formaban montañas delante nuestro. El ambiente estaba refrigerado pero transpiraba hasta la chaqueta, para colmo, al golpear con el hacha, los fragmento saltaban y algunos quedaban pegados en mis anteojos quitándome visibilidad.

Nos cambiábamos los guantes cada hora para evitar que se nos congelaran las manos, aún así sufrimos las consecuencias del frío. Después de un mes no podía doblar los dedos completamente, mis manos habían quedado moldeadas a la medida de los mangos de la cuchilla.

Al terminar la jornada y a medida que el cuerpo se enfriaba, el dolor en las manos era bastante molesto. Como dormía en la parte superior de una cama superpuesta, para subir o bajar tenía que hacerlo sosteniéndome con los antebrazos. Hasta la rutina de cepillarme los dientes era toda una proeza.

Dentro de nuestro grupo había dos japoneses, uno de ellos era nuestro jefe, una persona autoritaria y de muy mal carácter. Un día mientras estábamos trabajando, escuchamos entre gritos a uno de nuestros compañeros insultándolo. Corrimos hasta el lugar del hecho y los vimos forcejeando, inmediatamente nos pusimos a separar. Por fortuna primó el sentido común y la sangre no llegó al río, había hachas y cuchillos por doquier, pudo haber sido una masacre.

Al parecer, el mandamás, le pegó un puñetazo a nuestro compañero para reprenderlo por un error que había cometido. Dejamos de trabajar y salimos hasta la sala de descanso para calmar a nuestro compañero que estaba muy alterado, deliberamos en ese mismo lugar las acciones a seguir. Los responsables de la empresa querían que continuáramos con el trabajo, nosotros nos negamos, queríamos aclarar la situación.

La decisión fue unánime, o cambiaban al jefe o nos trasladaban a otra fábrica. Así fue como la suerte nos dio la primer sonrisa, a la semana nos consiguieron otro trabajo. Más que una acción solidaria hacia nuestro compañero aprovechamos este escándalo para zafar de los atunes, una verdadera criollada propia de argentinos.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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Mi primer empleo en Japón

Era Julio de 1989. Después de acomodarme en el cuarto que compartía con mi hermano y dos personas más, empecé a conocer al resto de la tribu, hasta ese momento integrada por cuarenta y siete compatriotas. El menor del grupo tenía catorce años y el mayor pasaba los sesenta.

Según las leyes japonesas, los menores de dieciséis años tienen prohibido trabajar. Si bien el benjamín del grupo era un muchacho de fuerte contextura física, estaba imposibilitado para hacerlo, sin embargo pudo conseguir su puesto como todos nosotros. Esto me dio a entender que las cosas aquí no eran tan derechas como me habían contado.

Aquellos que ya peinaban canas tuvieron que recurrir a la tintura para el cabello ya que no solo había que tener aptitud física para trabajar sino también aparentarla, y así se convirtieron en blancos de nuestras burlas por un tiempo. Ellos fueron los que más sufrieron, tanto por lo duro del trabajo como por la angustia de estar alejados de sus seres queridos. Para algunos la melancolía pudo más, era llegar de la pesada faena y descargar todas y cada una de las lágrimas contenidas.

Las primeras dos semanas fueron para descansar y aclimatarse a la nueva vida. Luego salí a hacer mi primer experiencia laboral, una changa de pocas horas y por dos días. El trabajo consistía en cargar un camión con cajas que contenían latas de refresco. Era verano y hacía un calor insoportable, después de acomodar la carga en varios camiones quedaba bañado en sudor. Hasta ese momento las cosas se presentaron con relativa tranquilidad y sin complicaciones, era cuestión de esperar.

Y por fin me presentan en la empresa que me dio, lo que podría llamar, mi primer empleo en Japón, el más pesado que realicé en estas islas. Si algo aprendí en esa factoría es que nuestra resistencia física se encuentra más allá de lo que suponemos y que el ser humano se acostumbra a cualquier situación, por suerte o por desgracia.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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