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Mi primer hogar en Japón

 

Hogar, dulce hogar 

Salimos del aeropuerto y nos dirigimos al estacionamiento en donde estaba el vehículo que nos llevaría a nuestra morada, nos esperaba un largo viaje ya que la empresa contratista operaba en otra provincia. Antes de cerrar los ojos para dormir profundamente hasta nuestro destino, pude ver las espectaculares autopistas de varios niveles cuando cruzamos la ciudad de Tokio.

Desperté minutos antes de llegar, ya era tarde y estaba oscureciendo. Mi impresión fue que estábamos en medio de la nada, a ambos lados del camino solo veía campo. En ese momento recordé lo que me habían dicho varias personas en los días previos a la partida: “Mira, en Japón no queda un centímetro sin edificar, todo es…”

A pocos metros de la ruta principal se encontraba el edificio que íbamos a habitar, en donde también funcionaba la administración de esta empresa. Era como un pequeño hotel con capacidad para unas 60 personas, con el salón comedor abajo y los dormitorios en la planta alta.

Al entrar ya estaba el comité de recepción, integrado por quienes habían llegado en meses anteriores. En una mesa del comedor ya nos esperaba la cena, un plato de espagueti que apenas pude probar por el sabor dulzón de la salsa. Nuestro paladar no es el indicado para apreciar la cocina japonesa, con el tiempo se nos hacen familiares ciertos sabores pero gran parte de la gastronomía de este país sigue permaneciendo fuera de nuestro menú.

Todos nos preguntaban sobre la situación argentina. En aquellos días, el ocaso del gobierno de Alfonsín, los saqueos a supermercados, etc. El ambiente de camaradería era muy bueno, casi nos sentíamos como en familia. Después de la amena charla nos fuimos a dormir, estábamos muy agotados por el viaje y el cambio horario había hecho estragos en nuestro organismo.

A las cuatro de la madrugada abrí los ojos y ya no pude seguir durmiendo, bajé al salón comedor y me senté de cara a los ventanales. En la cocina había una persona trabajando, era la esposa del responsable de la firma que estaba preparando el desayuno para el personal. El portón de entrada estaba abierto y corría una suave y refrescante brisa, en ese momento pensé en todo lo que había quedado atrás y en el posible destino que me esperaba. Mientras contemplaba un hermoso amanecer, el primero en estas lejanas tierras.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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Buenos Aires - Tokio

Comienza la aventura

Creo que fue en el periódico de la colectividad japonesa en la Argentina en donde vi el aviso solicitando personal para trabajar en Japón. En seguida le pregunté a mi hermano si estaba dispuesto a acompañarme, no lo dudó un instante y me respondió en forma afirmativa. A partir de ese momento comenzamos los preparativos para embarcarnos en la aventura que significaba dejar el país natal para probar suerte en la tierra de nuestros ancestros.

Fuimos a la oficina del contratista en donde recibimos la información necesaria. Las condiciones eran casi perfectas, ellos se encargaban de financiarnos el pasaje de ida y vuelta, nos proveían de alojamiento y comida, se encargaban del transporte a la fábrica y del visado correspondiente. Pasaron muchos años desde aquellos días pero recuerdo que salimos muy contentos con esta posibilidad que la vida nos estaba dando.

Como teníamos todo servido en bandeja, no era necesario mucho dinero para emprender el viaje. Y ese fue el motivo por el cual pudimos partir de inmediato, ya que no contábamos con fondos suficientes para hacerlo por nuestra cuenta. De todas maneras no podíamos partir con los bolsillos vacíos, así que para hacerme de algunos dólares vendí todo lo que tenía, hasta mi querida Commodore 64.

En julio de 1989 partimos del aeropuerto de Ezeiza. Éramos un grupo de cinco personas, todos con la misma incertidumbre y bastante nerviosos por la experiencia. De más está decir que no nos separamos un instante hasta que llegamos a destino, no por un sentimiento fraternal, sino por la angustia de estar viajando a lo desconocido.

Después de hacer escala en Chile, Brasil, y Canadá (Vancouver-Toronto) llegamos al aeropuerto de Narita (Tokio). Fueron más de treinta horas de vuelo, aunque la ansiedad pudo más que el cansancio.

En las ventanillas de inmigración comenzaron los problemas. Pasé a cumplir con el trámite y me quedé esperando a mi hermano, como se estaba demorando volví a ver que pasaba. Cuando me acerqué escuché al empleado que lo estaba ametrallando a preguntas, pasamos unos cuantos minutos interminables hasta que por fin le selló el pasaporte y la sangre volvió a circular por nuestros cuerpos.

Luego, el paso obligado por la aduana. Lo primero que me preguntó el empleado es si portaba algo de lo que estaba dibujado en un cartel que me mostró, en donde entre otros objetos figuraban: un puñal y un revólver. Parecía broma, obviamente le dije que no. Me dieron ganas de responder: “Mire, salvo un par de granadas de mano…”

A uno de mis compañeros le revisaron todo el equipaje. En determinado momento, el funcionario sacó de su valija un paquete, a su entender, sospechoso. Luego de desenrollar metros de papel de diario dio con el contenido: una grasienta y pestilente tira de salamines, miró con asco el embutido y lo decomisó como correspondía.

Siguiendo con la pesquisa, lo obligó a quitarse los zapatos, observó por un momento y creo que por el olor nauseabundo que emanaba de sus pies dio por concluido el trámite en ese momento.

Como todo estaba perfectamente señalizado pude dar con el baño rápidamente. El único inconveniente se presentó cuando quise lavarme las manos, los grifos no tenían mando alguno. Después de observar detenidamente el artefacto y hasta ver si en el piso había algún control para hacerlo funcionar, acerco casualmente mi mano al endemoniado aparato con lo cual el agua comenzó a salir… obviamente era demasiado avanzado para un ciudadano del tercer mundo como yo.

Todavía teníamos que encontrar a nuestro contacto japonés que supuestamente, como nos informaron en Buenos Aires, estaría esperándonos sosteniendo un cartel con el nombre de la empresa. No veíamos a esta persona por ningún lugar y ya quedaba poca gente esperando.

Cuando comenzábamos a desesperarnos se acerca un individuo con aspecto de delincuente, nos pregunta si éramos las personas que comenzó a nombrar y se identifica como nuestro contacto. Así concluyó parte de esta odisea, que es solo el comienzo de la pesadilla que nos tocaría vivir, como inmigrantes económicos en la Tierra del Sol Naciente.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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