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Comida japonesa, mi experiencia

Arte culinario japonés

Debo confesar que no simpatizo demasiado con la gastronomía de este país. Por mucho que he intentado, los manjares de la cocina japonesa siguen siendo prescindibles en mi dieta. Salvo algunos platos, por supuesto.

El sashimi ya forma parte del limitado menú en mi alimentación diaria. Aderezado con salsa de soja y una pizca de wasabi, es un bocado delicioso. Aunque no a todos los extranjeros les gusta; y algunos, incluso, llegan a sentir nauseas al contemplar su ingesta.

El wasabi, este exótico y traicionero aderezo, merece un capítulo aparte. De color verde y aspecto amigable, ha hecho derramar litros de lágrimas a ingenuos forasteros en sus primeras incursiones al arte culinario japonés. Es curioso como muchos principiantes, en forma espontánea, meten en sus bocas cantidades no recomendadas de este potente condimento. El efecto es devastador. Casi, como tragarse un pedazo de carbón encendido.

Hace unos años me invitaron a comer anguila. El anfitrión era presidente de una pequeña compañía en la cual iba a trabajar, no era cuestión de despreciar su amable gesto, así que tuve que juntar coraje y engullir una generosa porción de serpiente marina. No sólo eso, sino que tuve que hacerlo como si estuviese disfrutando del manjar. Dejé el plato limpio, y limpia mi reputación ante el ilustre personaje. Que dicho sea de paso, me dio el mejor trabajo que realicé en estas lejanas islas.

La flor del crisantemo, además de ser la flor nacional de Japón, forma parte de la gastronomía vernácula. Mantenidas en conserva, son consumidas todo el año, en particular por los agricultores que las cultivan. Mis parientes políticos son gente de campo y me obsequiaron un frasco de este alimento. Debo confesar que después de tomar una con los palillos, un ataque de cobardía me invadió por completo. Hasta que la curiosidad venció al miedo y devoré la marchita flor ahogada en vinagre. Lamento no poder explicar el sabor de este particular encurtido, sólo puedo decir que tiene gusto a… crisantemo.

Famoso por lo impopular, o apelando a un viejo latiguillo periodístico: “Tristemente célebre”. Me refiero al natto. Granos de soja fermentados que se comen con arroz blanco. Su aspecto es horrible como su aroma. Durante mucho tiempo me resistí a probarlo, pero un día, al ver a un compañero de trabajo masticar en forma obscena este alimento, cambie de parecer. Metí unos cuantos en mi boca y… aguanté estoico las ganas de escupirlos. Tragué rápido y tomé un vaso de agua antes de que mi boca se desintegrara. Lo de “fermentado” es un eufemismo, puedo atestiguar, sin lugar a dudas, que saben a porotos podridos.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

(Publicado en Wakaranai, revista mensual de distribución gratuita dirigida a la colonia hispanohablante de Japón).

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El drama de Mochigome

Como todos los días, Mochigome baja en la estación de Shinjuku (Tokio) y se dispone a recorrer caminando las quince cuadras que lo separan de su hogar. A esa hora pocos transeúntes se encuentran en la calle y el silencio que lo rodea es su mejor compañía. Disfruta de manera especial esa caminata, pensando que en unos minutos llegará a su hogar, en donde lo espera el ansiado descanso después de un arduo día de trabajo.

Aproximadamente a mitad de camino, ve que a unos cien metros se encuentra un grupo de jóvenes que parecen estar borrachos, hablando en voz alta y perturbando la paz del vecindario. Siente temor y por un momento piensa en tomar otro camino para evitarlos. Pero esta muy cansado y decide seguir su ruta habitual.

Cuando se acerca al grupo, uno de ellos lo intercepta y le pide dinero de muy mala manera. Mochigome sigue caminando ignorando al sujeto, pero el joven lo toma del brazo y al mismo tiempo que lo insulta le arrebata el bolso de mano en donde lleva sus objetos personales.

Ya con los pandilleros a su alrededor, ruega interiormente que lo que esta viviendo sea sólo una pesadilla. Pero no, el destino lo cruzó con estos salvajes, quienes son en ese momento, los dueños de su vida.

No conformes con golpearlo y robarle sus pertenencias, lo llevan hasta el estacionamiento de una tienda cercana, oscuro y desierto a esa hora. Y en ese lugar, los integrantes de la horda dan rienda suelta a sus bajos instintos y ultrajan al indefenso Mochigome, que a esa altura de los acontecimientos solo esperaba a que la horrible pesadilla termine de una vez.

Mientras los depravados abandonan el lugar, Mochigome, con todo el cuerpo dolorido, comienza a levantarse. Ya parado, semidesnudo y con las piernas temblando, no puede creer la espantosa situación que está viviendo. A pesar de la conmoción y la impotencia que lo embargan, dirige su mirada a los atacantes, que se alejaban tranquilamente del lugar, y con sus últimas fuerzas, les grita: “¡Sinvergüenzas, devuélvanme el celular!”

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

(Publicado en Wakaranai, revista mensual de distribución gratuita dirigida a la colonia hispanohablante de Japón).

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Vendiendo vida

Son las 22:40 de uno de mis días de descanso, y mientras observo como los segundos se consumen en el reloj que tengo en la pared, se me ocurre pensar que en este mismo momento, hay gente trabajando, cambiando la paz de esos segundos por unas monedas, sudando sangre, transpirando vida.

Justamente este es el instante en que me siento un pobre idiota, cuando me doy cuenta que pasado mañana voy a ser yo el que salga a vender en porciones mi existencia, y sólo para poder disfrutar de un pequeño recreo en este maquiavélico sistema laboral.

Mientras el tiempo sigue su marcha, lenta pero inexorable, los obreros inmigrantes, atrapados en este aceitado mecanismo, seguimos acumulando en los bolsillos el producto de nuestra insatisfacción, que paradójicamente y como burla cruel, servirá para alimentar el circuito que nos mantiene atados a la actual coyuntura, a la situación en la que nos encontramos.

Somos víctimas y victimarios, ese es el precio que pagamos por ser conformistas, por no tener el valor de patear el tablero y crear nuestras propias reglas de juego.

¿Cuál es el precio de mi presente, de un capítulo en mi historia, de los besos no dados, y de aquellos no recibidos?

¿Cuál es el precio de mi ausencia, de todas mis lágrimas secas, del llamado postergado o el del abrazo perdido?

Quizás, respirar sólo en sueños, llorar ya sin ganas, o doblegarme por poco, y alegrarme por nada.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

(Publicado en Wakaranai, revista mensual de distribución gratuita dirigida a la colonia hispanohablante de Japón). 

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