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Riqueza en Japón

Escenas

Salimos de casa y el automóvil ya nos esperaba escaleras abajo. Subimos al coche y partimos rumbo al hogar de la familia Ogura. En sólo cinco minutos de viaje llegamos al complejo habitacional formado por pequeñas y viejas construcciones de madera que el Estado alquila a gente de bajos recursos.

La unidad que ocupan Maki de 67 años y su hija Keiko de 31, tiene 40 años de antigüedad. Ya en el interior y mientras el viento empuja las frágiles paredes que amenazan caerse en cualquier momento, Maki nos cuenta que su padre, marino de profesión murió en la guerra, y que su marido se marchó de casa cuando su hija tenía apenas dos años de edad.

Como jefa de hogar y teniendo al hermano mayor de Keiko internado en un centro psiquiátrico, pienso que su caso se aleja bastante del arquetipo de familia japonesa de clase media que conocemos, en todo caso son los menos favorecidos de esa clase media.

Mientras escuchamos a Maki atentamente (no deja de hablar en ningún momento), su rostro no muestra señal alguna de tristeza, a pesar de lo melancólico de su relato. Hasta diría que goza de tener quien la escuche, y no estar sufriendo en soledad sus lúgubres recuerdos. Solo detiene su charla para traer en una sartén lo que será nuestro almuerzo. Con la sencillez de una mujer humilde y cordial, nos sirve la comida y deja el resto a un costado, por si queremos más, nos dice.

Mientras continuamos dialogando, entra Keiko con cara de haber estado dormida, lo cual no empaña lo más mínimo su belleza. Se sienta a nuestro lado y con mano temblorosa por efecto de los psicofármacos, toma un cigarrillo que enciende con cierta dificultad. Ella salió hoy del hospital en donde está en tratamiento, para compartir con nosotros este día. Hoy Maki vive de su magra jubilación, Keiko ayuda en lo que puede pero su sistema nervioso no está bien y esto le impide tener un trabajo estable.

Esta es una familia más de las que luchan dentro de este sistema. No todo es opulencia aquí, y la exclusión también la padecen los nativos.

Pensando en Maki y Keiko, mis recuerdos me llevaron unos años atrás, a mi país, cuando caminando tranquilamente por una calle de la ciudad me encontré a una adolescente sentada en la vereda llorando desconsoladamente, con una pequeña caja en sus manos en donde pude ver artículos para la venta ambulante. Por un instante me detuve y pensé en acercarme, pero seguí mi marcha. No era quien para molestarla y tenía todo el derecho de manifestar libremente su dolor. Y yo el mío. Ya que mientras la dejaba atrás y su llanto se perdía en la distancia, mis ojos se llenaron de lágrimas tan saladas como las de ella.

En ese mismo barrio conocí a Luciana, una hermosa joven de 18 años, que fue abandonada en la puerta de una iglesia a los pocos meses de vida. Se ganaba la vida trabajando en clubes nocturnos, muchas veces rozando la prostitución que por cierto, es una pesada carga para alguien que recién está aprendiendo a vivir.

Eran las cuatro de la madrugada cuando sentí que Luciana entraba en mi habitación y, creyendo que estaba dormido, se fue deslizando suavemente hasta meterse en la cama. No era su intención despertarme, solo se acostó a mi lado y la sentí sollozar, conteniendo el llanto. La deje, aguantando las ganas de consolarla. Al otro día, cuando le pregunté sobre su inesperada visita me dijo: “Me sentía muy sola y quería estar a tu lado, nada más”

Escenas que no tienen relación entre sí, solamente un detalle las une: mis deseos reprimidos de abrazarlas y llorar con ellas.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

(Publicado en Wakaranai, revista mensual de distribución gratuita dirigida a la colonia hispanohablante de Japón).

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Toyo y la guerra en Okinawa

Corría el año 1945 cuando el ejercito estadounidense decidió lanzar sus fuerzas sobre la isla de Okinawa, por mar, aire y tierra. Los combates se sucedían uno tras otro en numerosos frentes dando lugar a lo que según los historiadores, fue uno de los episodios más cruentos de la segunda guerra mundial, y que convirtió a esta paradisíaca región en inesperado infierno.

Y en este escenario transcurren los días de Toyo, en aquel entonces apenas una niña. A pesar de los años que han pasado ella recuerda, o no puede olvidar, todo lo que le tocó vivir, como testigo de este pedazo de historia que seguramente y muy en el fondo, quisiera enterrar en el pasado.

Solo ella conoce la angustia de ese tiempo, que en parte me transmite apelando a su memoria: “Salíamos en plena oscuridad amarrados con una cuerda para mantenernos juntos, y arrastrándonos, escarbábamos con las manos buscando bajo tierra algún bulbo que sirviera de alimento.”

Soportar el bombardeo aéreo era parte de la rutina diaria, así como escuchar las sirenas de alarma y correr a los improvisados refugios cavados en el suelo: “Durante uno de los frecuentes ataques una de las bombas cayó muy cerca nuestro. Sentimos la violenta explosión y parte del techo cayó sobre nuestras cabezas. Al salir, vimos el enorme cráter y el arbol junto al refugio partido al medio.”

Con el ejército invasor ocupando el territorio, la situación siguió siendo dificil para el pueblo, que ignoraba por completo cual sería su destino a partir de ese momento: “Era la primera vez que veíamos personas de tez blanca y ojos claros, esto nos atemorizó mucho. Cuando nos trasladaban en camiones pensábamos que nos iban a matar a todos, y cuando los soldados nos ofrecían chocolates no queríamos comerlos por temor a que estuviesen envenenados.”

La cifra oficial de víctimas en la ofensiva contra Okinawa ronda las 240.000 personas, aunque todavia se siguen sumando, ya que hay miles de personas desaparecidas. Entre ellas, las que decidieron suicidarse a sufrir la humillación de la derrota y ocupación: “Los estudiantes saltaban desde los acantilados con sus maestros, otros se reunían en cuevas y abrazados hacían detonar una granada de mano.”

Si bien la guerra dejó su manto de dolor en la población, la realidad de los campesinos pobres fue dura desde mucho antes: “Los terratenientes, nuestros patrones, nos trataban en forma inhumana. Comíamos lo que ellos tiraban, sus cerdos estaban mejor alimentados ya que recibían la sobra de sus comidas. Y el arroz solo podíamos comerlo en ocasiones especiales. Mi única golosina era una batata hervida.”

Toyo, esta inocente niña, nunca imaginó que sus hijos iban a nacer en Sudamérica, y mucho menos que uno de ellos, estando en Japón, contaría algún día esta pequeña historia.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

(Publicado en Wakaranai, revista mensual de distribución gratuita dirigida a la colonia hispanohablante de Japón).

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Soledad en japón

Historias 

Basta dirigir la mirada hacia cualquier casa de nuestro vecindario para dar con alguna historia que contar.

A solo dos puertas de donde vivo, en un viejo apartamento, vive un anciano, solo y cargando la cruz de tener a su esposa hospitalizada. Caminando con mucha dificultad por su precaria salud, se las arregla como puede para ir al hospital y hacerle compañía a su mujer.

Siempre que paso por su puerta, veo los periódicos que al juntarse terminan atados a la puerta en una bolsa plástica esperando ser leídos algún día, en el piso, las bolsas de basura, que los vecinos le llevamos ya que no podría hacerlo solo. Hay períodos en que directamente no se lo ve, y no sabemos si está en el hospital o recluido en su casa sin ganas de salir, sin ganas de nada.

La realidad puertas adentro en este país es en muchos casos desoladora, y estoy hablando de los japoneses, ciudadanos del primer mundo y habitantes de un país que es potencia económica.

Puedo entender que el estado los haya dejado sin asistencia; que el sistema de jubilaciones este colapsado por el envejecimiento de la población; que esto sea un “problema” para la nación, cuando “problema” es solo el eufemismo de “estorbo”; hasta puedo entender no sin masticar bronca, que la sociedad esté de acuerdo con esto. Lo que no entiendo y nunca podré, es que en muchos casos sean abandonados por sus propias familias.

En la vivienda contigua vive un hombre joven con sus dos hijos, una niña de 12 años y su pequeño hermano de cuatro, ambos de diferente madre, y ambas madres, ausentes. Mientras la abuela estuvo, todo marchaba como en cualquier familia. Las cosas se complicaron cuando a raíz de una discusión, la abuela tuvo que marcharse. Como el padre tenía que salir a trabajar, la niña dejó de asistir a la escuela para cuidar a su hermano. En varias oportunidades escuché la voz del director, parado frente a la puerta de la casa, trataba de comunicarse con el padre que no daba señales de vida para evitar el encuentro.

Durante esos días estábamos preocupados por los niños que se quedaban solos durante todo el día. En una ocasión mi esposa tuvo que entrar a su casa ante el llamado de la niña por un problema en la instalación eléctrica.

No recuerdo si fue al día siguiente de este episodio que la niña deja en la puerta de mi casa una caja envuelta en bonito papel, atada con una cinta de vivos colores, junto a una nota que decía: “Estas son galletas que hice con mis manos, que las disfruten”. Abrimos la caja, mi esposa probó una galleta y en seguida le pregunté por el sabor, a lo que ella me respondió: “Saben al cariño con que las preparó”.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

(Publicado en Wakaranai, revista mensual de distribución gratuita dirigida a la colonia hispanohablante de Japón).

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