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Analfabetos en Japón

Cuando se me agotó el desodorante en aerosol que había traído de Argentina, me dirigí al comercio más cercano y compré lo que creí que era la versión japonesa de dicho producto. Como no podía leer ni un solo signo de la etiqueta no me atreví a usarlo, quería estar seguro, no fuera a suceder que rocíe algún producto tóxico en mis axilas.

Por fortuna, dentro del grupo de argentinos que trabajábamos en esa agencia, había una mujer que dominaba el idioma. La fui a ver y le pregunté si esa lata contenía desodorante. Fue muy atinado de mi parte averiguar, ya que después de que paró de reírse me dijo que lo que había comprado no era desodorante sino apresto para la ropa.

Quien no haya estado en un país cuyo idioma carece de la mínima relación con el propio, no sabe la angustia e impotencia que uno siente ante situaciones como la que acabo de comentar. Todo es tan extraño que hasta la tonta rutina de hacer compras se convierte en un calvario. El único consuelo era que casi todos estábamos en la misma condición.

Es decir, yo no fui el único imbécil.

Al año más o menos, con unos compañeros, fuimos de visita a la casa de un grupo que hacía poco tiempo había llegado. Era común practicar este rito ya que queríamos enterarnos de la situación de nuestro país a través de sus comentarios. En determinado momento, comenzamos a charlar sobre la comida. Uno de los recién llegados, nos habló de un producto que estaba consumiendo y que según sus dichos le resultó una delicia. Sacó una lata de la alacena y la dejó sobre la mesa. Las carcajadas se deben de haber escuchado a varios kilómetros. Durante largos segundos nadie pudo dejar de reír para explicarle al ignorante que el enlatado no era otra cosa que alimento para gatos.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

Sobre los contratistas en Japón

Hace unos días, un lector me preguntó acerca de los pasos a seguir para hacer contacto con agencias de empleo en Japón. Este episodio fue el que me hizo pensar otra vez en los contratistas. Respecto a la función de estos personajes, lo único que puedo decir es que entre su actividad y la de cualquier otro comerciante, hay poca diferencia. Los comerciantes venden cosas y ellos gente, así de simple.

Durante 1989 y 1990, el tráfico de esclavos fue enorme. Las fábricas necesitaban personal con mucha urgencia y los intermediarios despacharon obreros como nunca en su vida. Creo que hasta un orangután con mameluco hubiese conseguido trabajo en esos años. Como la oferta era escasa, los precios subieron y las agencias embolsaron millones a expensas de los trabajadores.

Nunca supe con cuanto se quedaban de nuestros salarios, según rumores que corrían en esos días, la cifra rondaba el 30 por ciento. Es obvio que si no daban a conocer ese dato era porque nos estaban explotando en forma asquerosa.

Por alguna razón, la imagen de los compatriotas que colaboraban con los contratistas japoneses se mantiene nítida en mi memoria. Recuerdo sus caras y gestos, sus voces, y como no, la forma en que nos cagaban la vida. A raíz de esta experiencia, llegué a pensar que la vida en Japón, en algunos, despierta al ser miserable que duerme en su interior.

Los que dominaban el idioma eran los primeros que las agencias sumaban a su plantilla como intérpretes. Así fue como algunos cambiaron su estatus de obrero a oficinista. A partir de ese momento no tenían que usar el uniforme de la fábrica: una chaqueta con el nombre de la compañía bordado en la pechera, botas negras de cuero con puntera de acero y la bonita gorra de heladero como parte del conjunto elegante y multicolor. Lamento no haber traído uno de esos atuendos ya que me hubiera servido para asistir a una ocasional fiesta de disfraces.

En algunos casos, los colaboracionistas, aparte del sueldo percibido como empleados administrativos, solían recibir comisiones jugosas por cada individuo que lograran reclutar. Según lo que me comentó uno de los inescrupulosos que tuve la desgracia de conocer, por cada hora que trabajaba su reclutado, recibía 100 yenes de recompensa. Es decir, con sólo 10 obreros en su nómina lograba cobrar un sueldo mensual íntegro sin tener que ensuciarse las manos.

Por semejante botín, podrán imaginar las artimañas a las que recurría para convencer a sus candidatos. Los puestos que él ofrecía eran una mierda por donde se los mirara; hasta me llegó a comentar en forma jocosa, que a una de sus víctimas ya se le habían borrado las huellas digitales de tanto manipular neumáticos para automóviles.

No todos tenían una actitud mercenaria, conocí a otros que obraban con una conducta intachable. Personas con principios morales que hasta se jugaban el puesto por sus compatriotas ante una situación injusta. Por supuesto, no eran mayoría.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

Trabajar en Japón, correr tras una hamburguesa

Lo primero que aprendí en una de las fábricas en donde trabajé, fue a correr lo más rápido posible hacia el comedor apenas escuchara la señal del mediodía. Este ritual se practicaba una vez por semana, cuando dentro del menú había un plato que consistía en una hamburguesa con queso y salsa de sabor exquisito.

Trabajar en Japón, hamburguesa

Los cocineros tenían todo calculado y la cantidad de comida era limitada. Tantos platos de esto, tanto de aquello y no les importaba la demanda de ninguno en especial. Así lo organizaron y no tenían ganas de cambiar lo planificado por culpa de un grupo de extranjeros carnívoros. Debido a la escasa oferta, los más lentos se quedaban sin su manjar.

No sé cuando comenzó esta práctica, pero estoy seguro que no fueron los nativos quienes la instauraron. Sin dudas, esto de correr como muertos de hambre por un plato de comida está mucho más cerca de nuestra idiosincrasia que la de ellos.

Según mis compañeros más antiguos, los empleados japoneses se resignaban a quedarse sin su plato favorito, quizás porque no les parecía civilizado correr por un pedazo de carne. Aunque luego cambiaron de actitud y se sumaron a la horda de salvajes, corriendo más rápido que nosotros y pisoteando parte del jardín de la empresa para cortar camino.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com


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