Analfabetos en Japón
Cuando se me agotó el desodorante en aerosol que había traído de Argentina, me dirigí al comercio más cercano y compré lo que creí que era la versión japonesa de dicho producto. Como no podía leer ni un solo signo de la etiqueta no me atreví a usarlo, quería estar seguro, no fuera a suceder que rocíe algún producto tóxico en mis axilas.
Por fortuna, dentro del grupo de argentinos que trabajábamos en esa agencia, había una mujer que dominaba el idioma. La fui a ver y le pregunté si esa lata contenía desodorante. Fue muy atinado de mi parte averiguar, ya que después de que paró de reírse me dijo que lo que había comprado no era desodorante sino apresto para la ropa.
Quien no haya estado en un país cuyo idioma carece de la mínima relación con el propio, no sabe la angustia e impotencia que uno siente ante situaciones como la que acabo de comentar. Todo es tan extraño que hasta la tonta rutina de hacer compras se convierte en un calvario. El único consuelo era que casi todos estábamos en la misma condición.
Es decir, yo no fui el único imbécil.
Al año más o menos, con unos compañeros, fuimos de visita a la casa de un grupo que hacía poco tiempo había llegado. Era común practicar este rito ya que queríamos enterarnos de la situación de nuestro país a través de sus comentarios. En determinado momento, comenzamos a charlar sobre la comida. Uno de los recién llegados, nos habló de un producto que estaba consumiendo y que según sus dichos le resultó una delicia. Sacó una lata de la alacena y la dejó sobre la mesa. Las carcajadas se deben de haber escuchado a varios kilómetros. Durante largos segundos nadie pudo dejar de reír para explicarle al ignorante que el enlatado no era otra cosa que alimento para gatos.
Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com
