Vida en Japón, un domingo como cualquier otro
Es una mañana calurosa de verano, un domingo como cualquier otro en Japón, tranquilo y soleado. Estoy en un local de comida rápida frente a la estación. Hace apenas minutos que desperté y me dispongo a tomar el desayuno.
El sabor del café, como en la mayoría de estos comercios, es espantoso. La luz del sol que penetra por la vidriera, se refleja en una de las mesas y golpea sin misericordia en mi cara. El clima es espléndido y la hermosa canción de Diana Roos que estoy escuchando aporta su toque de melancolía . Enciendo un cigarrillo, cierro los ojos y disfruto de este instante.
Siento una voz cerca y regreso al mundo real. Levanto la cabeza y veo a una empleada de la tienda que me dice que está prohibido fumar en este sector. Apago el cigarrillo y pido disculpas. Como buen gaijin, no supe leer el ideograma escrito en uno de los vértices de la mesa.
Salgo del local. Todavía quedan muchas horas por quemar y no tengo plan alguno. Como siempre, la visita a los centro de compras que encuentre en mi camino. No son muchos, la ciudad es chica y ya conozco de memoria todos sus comercios, hasta sé cuales son los artículos que venden y a que precios. Bueno, quizás me encuentre con algún conocido y pueda romper la monotonía.
Mi paseo dominical sigue su marcha sin pena ni gloria. Estoy sentado en uno de los bancos de una pequeña plaza, hay muy poca gente circulando y mi única compañía es un gorrión que está picoteando el suelo a metros de mis pies. A mi derecha, al borde de la calle, veo a un cuervo parado sobre un tacho de basura; esto me recuerda que es hora de almorzar y decido regresar a casa.
Como no tengo ganas de cocinar, paso por una tienda de conveniencia y compro una vianda. Mientras camino hacia mi apartamento, pienso que al día siguiente comienza mi dura rutina laboral, pero estoy contento; porque en la fábrica, a pesar del trabajo pesado y tedioso, al menos tendré a alguien con quien conversar.
Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com
