Los sin techo ocultos de la sociedad japonesa
Distrito de Tokio, ciudad de Ota, barrio de Kamata.
Muy tarde por la noche se los ve entrar en los diferentes Internet Café que se encuentran diseminados en el centro de la ciudad. Reconocerlos no es difícil, todos portan bolsos de generosas dimensiones en donde llevan todo aquello que una persona sin hogar necesita. Están solos, sin más compañía que una muchedumbre anónima, sin otro interlocutor más que su conciencia, y lo más triste, sin una familia que espere su llegada.


Shuuji es un joven de 28 años, su familia está conformada por su madre y dos hermanos menores. Debido a la mala situación económica, salió de su pueblo natal y llegó a Tokio en busca de trabajo. Parte del dinero que ganaba estaba destinado a su familia, un día, se queda sin recursos para pagar el alquiler de su apartamento y es echado a la calle.
Así comienza su vida de homeless cibernético que de virtual no tiene nada. Dice que eligió este barrio (Kamata) porque cuenta con muchos locales de Internet y los precios son muy económicos. Para alimentarse compra una vianda de 300 yenes, la cual come por partes para que le dure todo el día. Los casilleros que funcionan con monedas (coin locker) le sirven de ropero, Shuuji utiliza dos de los más amplios cuyo costo es de 200 yenes por día cada uno. Esta es una práctica común entre los sin techo, que guardan sus pertenencias allí para no tener que cargarlas durante toda la jornada. Incluso, algunos aprovechan ese espacio para cambiarse de ropa.

Sentado en el banco de una plaza, observa a la gente que lo rodea, a los jóvenes de su generación que viven una realidad muy diferente a la suya. Saca de su bolso un corsé ortopédico que debe usar por la inapropiada posición en que duerme. También unos palillos desechables con los cuales come las raciones de la vianda. Y en tono tranquilo dice: “Vivir en los Internet Café… vivir en la calle… en ambos casos no se tiene hogar, y el que no tiene hogar es homeless”.


La que retira su bolso del casillero es Hitomi, tiene 18 años y hace uno que vive en los Internet Café. Después de terminar el ciclo básico secundario dejó la escuela y la casa de sus padres para comenzar a trabajar. Busca todas las noches en la web algún empleo de paga diaria ya que no cuenta con dinero en el bolsillo, su horizonte no se extiende más allá del día siguiente.

Los trabajos que se pagan en forma diaria tienen un sueldo muy bajo, debido a esto, ella tiene que limitar sus gastos al extremo. Por ejemplo, sólo pude ducharse una vez cada tres días. Lleva un frasco de perfume que utiliza para disimular su falta de aseo, pero confiesa que en verano la situación se vuelve muy incómoda.

Mientras se acuesta y trata de acomodar su cuerpo en la pequeña cabina, dice: “Que ganas de dormir cómoda y tranquila en un futon…”

Shuuji está a punto de salir a trabajar y envía con su teléfono celular un mensaje a la agencia de empleo: “16532, salgo a partir de este momento”. Camina en dirección al punto de encuentro, es muy temprano y el sol no ha salido todavía. Llega a destino, toma su celular y envía otro mensaje: “16532, estoy en el lugar de encuentro”. Junto a él, hay otros jóvenes, que en su misma situación, esperan el vehículo de la agencia que los llevará al lugar de trabajo.


Como si fuesen partes intercambiables de una máquina, estos jóvenes son utilizados y desechados el mismo día. La paga que reciben por la jornada es de entre 6.000 a 8.000 yenes. Dentro de la empresa que los contrata no tienen nombres, son llamados por todos con la expresión “¡che!”, hasta ese derecho han perdido, el de ser llamados por sus nombres. Este es otro de los aspectos que me hacen pensar que Japón, a pesar de los avances en su economía y tecnología, sigue arrastrando costumbres de la edad media y que su sociedad tiene, aun hoy, algo de feudo.

Sus vidas está fragmentadas en días y su destino cuelga de ese jornal diario que les puede permitir dormir y comer en un Internet Café. Si el empleo salvador no aparece, la calle los espera; dormirán a la intemperie, con el estómago vacío y la incertidumbre de lo que pueda ocurrir mañana.
Hitomi hace un llamado a su agencia: “Mi número de empleado es 21-38508, respecto a trabajo para mañana, ¿hay algo?” Así, con sus 18 años, debe luchar jornada tras jornada, buscando las esquivas horas de labor que le permitan pagar un día más de su agitada vida.

Saca su agenda del bolso y la presiona contra su pecho. En ella anota frases que la ayudan a mantener su espíritu en alto. Como creyente aferrada a sus sagrados textos, consulta esas sencillas líneas a menudo; y se da ánimo con sus propias palabras cuando siente que el coraje la está abandonando. En una de sus páginas ha escrito:
“Voy a ser fuerte”.
“Voy a ser responsable”.
“Voy a resistir”.


Con las frases de Hitomi finaliza el breve documento de la televisión japonesa que alguien publicó en “YouTube”.
Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com
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