Argentinos en Japón, acto fallido

De la sartén al fuego

Un día, al regresar del trabajo, me entero por quienes estaban presentes en ese momento, que parte de la tropa se había amotinado y abandonado el lugar, no sin antes armar un escándalo de dimensión cinematográfica.

Los rebeldes eran un grupo de veinte personas que habían trazado el plan después de tratar con otra empresa contratista que ofrecía mejores condiciónes laborales. Cuando estaban saliendo, en bloque y con todas sus pertenencias, el responsable de la empresa salió enfurecido de su oficina para intentar detenerlos. Mientras los amenazaba a gritos, sin tener en cuenta que nadie entendía nada de lo que decía.

La banda de insurgentes, sordos a sus amenazas y ciegos a su presencia, siguió su camino como si nada pasara. Fue tal la impotencia del ignorado presidente que, preso de cólera, llegó a tomar a uno de los sublevados por el cuello. Quien logra zafar luego de un breve forcejeo.

Ya en la calle y desde un teléfono público, llaman a los taxis que los llevarían a su nuevo destino. En ese momento, el presidente de la compañía, pretende salir a la calle con un cuchillo y es retenido por sus empleados, mientras los vehículos partían, uno tras otro, ante la mirada atónita de los vecinos.

Un lugareño, se acerca a uno de los muchachos del grupo con quien había trabado cierta relación de amistad y le entrega un sobre con dinero, sabiendo la difícil situación por la que estaba pasando su amigo. Quien al principio no quiso aceptarlo, y solo lo hizo cuando el lugareño se arrodilló y le pidió por favor que lo hiciera, sin poder contener el llanto.

Para el grupo rebelde fue una batalla ganada, casi un pasaje a la libertad. Pero jugar de visitantes tiene sus desventajas, al poco tiempo se darían cuenta de la insensatez que habían cometido. Y que lejos de mejorar su precaria situación, lo que habían logrado fue exactamente lo contrario.

Nuestros contratistas eran mafiosos, con contactos en toda la región. Una vez ubicado el lugar en donde los rebeldes estaban, fue sólo cuestión de hacer una visita de camaradería y poner en orden los negocios.

En definitiva, nuestros ex compañeros siguieron con su miserable sueldo, con un trabajo mucho más pesado que el anterior y viviendo en un galpón como animales de granja.

Moraleja: No muerdas la mano de quien te alimenta, y mucho menos, en su propia casa.

Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com

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