El espejo
Luego de varios días de ausencia Akemi llega a su apartamento. Está muy cansada, pero feliz de haber disfrutado por cuatro días las hermosas playas de Okinawa. Aunque en realidad haya ido por motivos de trabajo.
Como de costumbre, se sienta en su mesa de maquillaje. Se toma unos minutos para descansar y piensa en lo bien que están marchando sus negocios. Ya tiene en mente los regalos que va a comprar para su abnegada madre y hermanos, presumiendo que esperan con ansiedad su regreso en el humilde hogar de su pueblo natal.
Se mira al espejo y se siente plena. Recuerda su viejo trabajo, la fábrica de viandas en donde pasaba doce horas al día; labor que la dejaba exhausta, a cambio de una paga miserable que no le permitía ayudar a su familia y comprar los elegantes vestidos que hoy luce con orgullo. Las cosas han cambiado desde entonces, Japón le abrió las puertas al primer mundo y cree que ya nada será como antes.
Por un instante el espejo le devuelve, no la imagen actual, sino la de su pasado, cuando era adolescente. Cuando con mucha ilusión deseaba un futuro brillante para ella y su familia. Cuando a pesar de su corta edad sentía el peso de velar por sus pequeños hermanos; cumpliendo en parte el rol de su padre, que abandonó el hogar y al que apenas pudo conocer.
Hace tiempo que Akemi no se mira con sinceridad en ese espejo, y recibir en forma repentina esos francos reflejos de su alma es demasiado para ella. Por un momento trata de contener la fuerza de sus emociones, pero su cara explota en llanto. Sus ojos se desbordan y las lágrimas que se deslizan por las mejillas caen encima del sobre que tiene en sus manos. Manos que estrujan ese sobre y sienten la dureza del fajo de billetes que su generoso cliente le había entregado.
Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com
(Publicado en Wakaranai, revista mensual de distribución gratuita dirigida a la colonia hispanohablante de Japón).
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