Trabajar en Japón, pelar atunes congelados
Nada me habían dicho en Buenos Aires sobre procesar atunes congelados, pero ese fue el trabajo que realicé durante mis primeros meses en Japón. Apenas entré a la fábrica recibí mi uniforme: pantalón y chaqueta blanca, delantal plástico del mismo color y botas de goma. Las herramientas eran: una cuchilla con mangos en los extremos y un hacha pequeña (como las que utilizan los cocineros).
Después que el encargado de la sierra trozaba el pescado teníamos que tomar una de las piezas, proceder a quitarle la piel con la cuchilla y sacar parte de un hueso a golpes de hacha. Todo esto rápidamente, antes que la pieza se descongele, no recuerdo exactamente cuanto demoraba la tarea pero creo que menos de treinta segundos.
El ritmo era infernal, el tipo de la sierra cortaba a toda velocidad y los pedazos formaban montañas delante nuestro. El ambiente estaba refrigerado pero transpiraba hasta la chaqueta, para colmo, al golpear con el hacha, los fragmento saltaban y algunos quedaban pegados en mis anteojos quitándome visibilidad.
Nos cambiábamos los guantes cada hora para evitar que se nos congelaran las manos, aún así sufrimos las consecuencias del frío. Después de un mes no podía doblar los dedos completamente, mis manos habían quedado moldeadas a la medida de los mangos de la cuchilla.
Al terminar la jornada y a medida que el cuerpo se enfriaba, el dolor en las manos era bastante molesto. Como dormía en la parte superior de una cama superpuesta, para subir o bajar tenía que hacerlo sosteniéndome con los antebrazos. Hasta la rutina de cepillarme los dientes era toda una proeza.
Dentro de nuestro grupo había dos japoneses, uno de ellos era nuestro jefe, una persona autoritaria y de muy mal carácter. Un día mientras estábamos trabajando, escuchamos entre gritos a uno de nuestros compañeros insultándolo. Corrimos hasta el lugar del hecho y los vimos forcejeando, inmediatamente nos pusimos a separar. Por fortuna primó el sentido común y la sangre no llegó al río, había hachas y cuchillos por doquier, pudo haber sido una masacre.
Al parecer, el mandamás, le pegó un puñetazo a nuestro compañero para reprenderlo por un error que había cometido. Dejamos de trabajar y salimos hasta la sala de descanso para calmar a nuestro compañero que estaba muy alterado, deliberamos en ese mismo lugar las acciones a seguir. Los responsables de la empresa querían que continuáramos con el trabajo, nosotros nos negamos, queríamos aclarar la situación.
La decisión fue unánime, o cambiaban al jefe o nos trasladaban a otra fábrica. Así fue como la suerte nos dio la primer sonrisa, a la semana nos consiguieron otro trabajo. Más que una acción solidaria hacia nuestro compañero aprovechamos este escándalo para zafar de los atunes, una verdadera criollada propia de argentinos.
Esteban Miyahira - unargentinoenjapon@gmail.com
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